ENTRE SUS MANOS, de Marthe Blau

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Hoy os dejo una recomendación en forma de libro: Entre sus manos, de Marthe Blau.

"Elodie es una abogada de 30 años, esposa y madre, que vive en París. Un día, en los juzgados, sus ojos quedan atrapados por la mirada incisiva de un hombre, un colega de profesión, y ella siente que no puede ni siquiera moverse. El hombre la cita en su casa sin preámbulo, y empieza a ejercer un poder irresistible y abosluto sobre ella. Para la abogada eso va a suponer a la vez una fuente de placer y de dolor, y abocará en una relación obsesiva y de absoluta sumisión. Entre sus manos, ella descubre su ansia erótica, la pasión violenta y el poder de las palabras que a veces se convierten en un tormento. Sus pensamientos se ven invadidos por él en todo momento, hipnotizada por su voluntad y sus órdenes, por lo que le hace experimentar y lo que le obliga a hacer..."

Espero que os guste,

Labiosgloss.-

18/08/2008 21:41 Autor: Key. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Relato 4: En el balcón...

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Cuando sentí su respiración junto a mi nuca, con sus brazos asiendo mi cintura para rodearla y pegarse a mi cuerpo, supe que la situación iría a más

Él había salido un momento de la habitación, y yo aproveché para respirar un poco de aire fresco. Abrí el ventanal y me apoyé en la barandilla, curioseando el ambiente de la calle y refrescando mi cara con la brisa otoñal, después de una cena amena, relajada, llena de risas y confidencias.

Cerré los ojos tras mirar al infinito esas pequeñas luces cálidas que iluminaban la ciudad cuando la noche caía ya rotunda sobre ella. Sonaba música, canciones suaves, de melodías agradables, que él mismo había grabado unos días antes y que se convirtieron en la banda sonora de nuestros encuentros.

Mi vestido morado de gasa, vaporoso, sencillo, se movía ligeramente con el aire que se colaba en la habitación a través de los ventanales. Una de mis piernas ligeramente apoyada en la barandilla, apenas unos centímetros sobre el suelo, mientras la otra soportaba el peso del cuerpo, tensa, y ambas cubiertas por botas altas y negras, de tacón.

En la calle, tres pisos por debajo, y casi frente a mi, unos chavales reían y charlaban, dando tragos a un vaso grande de plástico, sentados en un banco y sin prisa alguna. Fin de semana en Madrid.

Fue entonces, con los ojos cerrados, dejándome envolver por la brisa y la música, cuando sentí su calor a mi espalda, me estaba rodeando la cintura mientras acercaba sus labios a mi cuello y a mi nuca. Y por un segundo intenté girarme, para poder mirarle directamente a los ojos, pero no me dejó. Me susurró un “No te muevas”, sí, un susurro, pero grave y muy sensual,  y sentí como me temblaban las piernas.  Y supe que lo mejor era obedecerle, porque sin duda él sabía lo que quería, y lo que me iba a gustar.

Apartó mi melena, dejándola caer suavemente sobre mi hombro izquierdo, mientras sus labios besaban mi espalda, mi hombro derecho, mi nuca y sus manos seguían sobre mi cintura, para poco a poco ir ascendiendo hacia mis pechos, que, excitados, se marcaban a través de la leve gasa del vestido, la única separación entre mi piel y la suya.

Una de sus manos bajó hasta mi pierna derecha, donde en el lateral, el vestido tenía una abertura que permitía acceso directo a mis muslos. Y ascendió por él, llegando al borde de la media, que quedaba a la mitad del muslo, jugueteando con la puntilla que la sujetaba a él.

Su cuerpo, pegado completamente al mío, estaba cada vez más excitado. Sus gemidos, profundos, con su pecho pegado a mi espalda, resonaban en todo mi cuerpo. Sus vibraciones activaban cada una de mis terminaciones nerviosas, haciendo que el placer inundara todo mi cuerpo.

Fue entonces cuando sus manos levantaron por completo mi vestido hasta la cintura, dejando a la vista mi trasero, cubierto por un delicado cullotte de encaje, y las piernas con medias de rejilla al muslo.

Mi cuerpo me pedía girarme para besarle, para poder también tocar su cuerpo y disfrutar de él, pero al mismo tiempo quería que fuera él quien me guiara, dejarme hacer, dejarle hacer.

Los chicos que bebían sentados en el banco de la calle no se percataban de nuestro juego de haberse girado y mirado unos metros hacia arriba, hubieran observado todo lo que hacíamos, porque por mucho reparo que a mi me diera, a esas alturas no podíamos parar. Y aunque de vez en cuando yo sugería ser un poco más recatados y volver a la intimidad de la habitación, ni él me dejaba ni nuestro acto hubiera tenido ni la mitad de morbo.

Yo me debatía entre el “quiero girarme” y el “sigue así, me encanta”, cuando sentí sus manos apartando la ropa interior y su sexo abriéndose paso dentro de mi, tan cálido, tan húmedo, tan intenso.. Mis piernas casi no podían soportan la tensión, y desde hacía un buen rato me aferraba a la barandilla, dejando que fuera él quien marcara el ritmo de cada embestida y cada pausa, pausas cuidadas y extenuantes, de esas que te hacen casi rogar “no pares, por favor, no pares”

Sus manos acariciaban mi torso, mi cuello, pasaba un dedo por mis labios introduciéndolo en mi boca para que lo lamiera y luego volver a bajarlo y excitarme más y más con esa humedad.

Inclinaba mi cabeza hacia atrás para poder acercarme a sus labios, deseando que me dejara entrelazar mi lengua con la suya, mientras mi respiración aumentaba deseando tenerle frente a frente. Ya.

Y cuando el deseo era tan grande que no podía soportar el juego, decidió que era el momento de volver adentro.
 

Labiosgloss

28/07/2008 19:52 Autor: Key. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

Relato 3: Quiero...

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Quiero…

         … sentir tu piel, en mi cama, tan usada, tan vacía… Ella también suplica tu regreso; ambas recordamos aquellas noches si fin en las que el placer inundaba la habitación y el silencio moría oculto tras nuestras respiraciones y gemidos.
Me envuelven los recuerdos que enturbian mi mente, y el sólo roce de las sábanas en mi piel provoca una incontenible excitación. Esa suavidad trae a mi mente tus caricias, que tan sabiamente recorrían mi cuerpo para transportarme al paraíso.

Quiero…

         … dejarme desfallecer en tus brazos, que sean ellos los que me reanimen e insuflen un poco de vida a este cuerpo abandonado, que si bien no anda falto de compañía, sí anhela un poco de maestría que lo haga vibrar como antaño.
Que tus labios apaguen mi sed y tu sexo ese fuego que noche tras noche me consume. Que tus manos sustituyan a las mías, que sin demasiado éxito pretenden revivir momentos pasados compartidos por los dos. Ellas, que se aferran a mis pechos, esos que añoran el roce de tu lengua y esa dulce succión que los torna duros, prietos, orgullosos…

Quiero…

         … que mis caderas desaparezcan bajo las tuyas, que sólo su movimiento de fe de su viveza, que sólo tú sientas ese ansia que me llena suplicando que sea tu cuerpo el que me llene a mi.
Sentir cómo tu cuerpo usa mi deseo en beneficio de ambos. Cómo te derramas dentro de mí mientras mi piel, sudorosa, disfruta de esas vibraciones que me hacen llorar de placer.

Y quiero…

         …que sientas cómo mi sexo rodea al tuyo y le hace el amor, cómo su humedad busca calmar tu sed… y la mía.

Ven… no hables, no preguntes, no juzgues, ni siquiera me ames. Sólo hazme sentir viva…
 
 

Labiosgloss

25/07/2008 15:58 Autor: Key. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

DUERME, de Ricardo Arjona

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Tus labios entreabiertos
Con un leve zumbido al respirar
Tu cara sin gestos
Tus pechos pretextos
De una posible maternidad
Toda tu dormida alli
Despues de la estampida
De dos cuerpos y el amor

Tu vientre haciendo un hueco
Para guardar mis pistilos de agua luz
Tus pies descubiertos
Tus brazos abiertos
Tu ombligo el universo todo en ti
Y yo me fumo tu aliento
Despues de la batalla
De dos cuerpos y el amor

En tus uñas hay rastros de mi piel
Y en mi piel hay sudor del compartido
Es sudor de sal que sabe a miel
Son tus manos arañando en lo prohibido

Duerme, duerme
Que yo aun no se si estoy soñando
Se vino el cielo a este lugar
Mientras tu cuerpo aun temblando
Duerme, duerme
Que sere el centinela de tus sueños
Que no hallaras alli uno mejor
Que del que acabo de ser dueño

Tu pelo derramado
Llenando de azabache mi colchon
Tus uñas pintadas, tus piernas cerradas
Tus pliegues en perfecto claro oscuro
Y yo creo mas en Dios
Despues de la fortuna
De dos cuerpos y el amor
Y tu que aun no te enteras que te amo
Porque no entiendes el lenguaje de mis manos
Mañana al despertar yo te dire
Lo que este tiempo por cobarde me calle

Duerme, duerme
Que yo aun no se si estoy soñando
Se vino el cielo a este lugar
Mientras tu cuerpo aun temblando
Duerme, duerme
Que sere el centinela de tus sueños
Que no hallaras alli uno mejor
Que del que acabo de ser dueño

24/07/2008 18:14 Autor: Key. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

Relato 2: No Debería...

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No debería ser tan descarada, ni tan directa… no debería ceder a mis instintos, ni dejarme llevar por mis pasiones, ni por el deseo. No debería, no debería…

Eso dice todo el mundo, y si no lo dicen, yo sé que lo piensan. Sé que me juzgan, y eso que no saben apenas nada de mí. La verdad, no me importa, no podría vivir intentando agradar a todo el mundo, sobre todo cuando eso implicaría traicionarme a mí misma.

¿Qué me importa? ¿Por qué pierdo el tiempo pensando en esto, a quién tengo que dar explicaciones? Vale, a nadie le gusta que le juzguen, pero prefiero eso a vivir sometida al qué dirán.

Cada uno debería ser libre de vivir su vida según sus propios principios. La búsqueda del placer de una forma sincera no debería estar tan mal vista. Sobre todo porque el mundo se mueve gracias al placer, al deseo, al empuje de las personas que hacen las cosas desde las entrañas, y no desde el desánimo y la desidia.

¿El problema es que soy una chica, y para las chicas el sexo es mucho más tabú que para los chicos?… Sí, sobre todo porque, además, los prejuicios vienen dados por el resto del sector femenino, que condicionadas por absurdos clichés machistas, fomentan el odio y la competitividad entre ellas, atacándose sin piedad cuando deberían aliarse para poder vivir de forma realmente libre su sexualidad.

Mi sexualidad es mía, y la compartiré con quien quiera, sin dar más explicaciones de las necesarias.  Estáis invitados.

…………………………………………….
 
 

Nunca fui una chica fácil. Siempre, desde muy joven, tuve claro que haría las cosas cuando me apeteciera, cuando yo quisiera, no cuando la edad o las amistades me empujaran a ello… Por eso, cuando empecé la Universidad, aún era virgen. A esa edad, 17 años, muy pocas de mis amigas seguían siéndolo, en algunos casos por decisión propia, pero en otros muchos, por no desentonar en el grupo, por no ser “la última” en contar tal o cual experiencia…

Como ya he dicho, eso nunca me importó.

A pesar de todo, mi sexualidad era bastante activa… Aprendí pronto a conocer mi cuerpo, disfrutaba de fantasías, conseguía información sobre el deseo, información tanto técnica como de opinión. Quería saber a qué me enfrentaría llegado el momento. Y disfrutaba de ese aprendizaje.

Aún así, me había enamorado en más de una ocasión, pero a esas edades resulta difícil avanzar en relaciones maduras, y yo lo era, demasiado para mi edad.

El hecho de no encontrar una persona que me diera esa madurez que yo necesitaba, hizo que pusiera mis “esperanzas” en el futuro… Si no había encontrado ninguna persona que me interesara realmente, simplemente esperaría. Sabía que sólo era una adolescente, y que tenía toda la vida por delante… algo que en mi entorno no se planteaba casi nadie: parecía que todo tenía que ser ya, ahora mismo, de inmediato.

Yo tenía más paciencia, y era más exigente.

La edad me dio tranquilidad y me ayudó a pensar qué experiencias quería vivir, aquello que poco a poco iría poniendo en práctica… Porque decidí que, llegado el momento, yo pondría de mi parte para vivir aquello que realmente quería.

Mi primera experiencia real fue con el que entonces consideraba “el amor de mi vida”, que obviamente no lo era…

Como decía, aquella primera vez me dejó claro que, si quería tener una vida sexual plena, tendría que trabajármelo… El amor estaba muy bien, sí, fue bonito que la primera vez fuera con un chico que consideraba especial, pero desde el punto de vista del placer, había mucho más que conseguir. Yo quería un hombre que supiera hacerme disfrutar, y no que sólo me utilizara para disfrutar él, algo que por desgracia es bastante común, y algo que se ha fomentado desde el lado femenino, dando por hecho que las chicas prefieren el romanticismo y el amor, al sexo.

Entonces, decidí ser mucho más agresiva, ser yo quien provocara los encuentros, quien pusiera límites o no, quien guiara cada encuentro hacia mi lado, buscando el placer que sabía podía conseguir, sin conformarme con medias tintas.

Sabía lo que podía sentir, y quería sentirlo.

Para ello, tenía que ser mucho más selectiva, y rodear cada encuentro de la intimidad, el tiempo y la dedicación que necesitaba… Obviamente, no se puede sacar mucho partido a 15 minutos en la parte trasera de un coche. No, tenía que ser diferente.

Entonces, puse en marcha una de mis fantasías de siempre: si quería aprender, tenía que empezar por aquellos que sabían, y sobre sexo, hay profesionales que te dedican todo su tiempo y atención.  Por supuesto, no pensaba pagar por tener sexo… ¿cómo conseguirlo, entonces?

De pronto, pensé en las secciones de contactos de cualquier diario. En ellas aparecían anuncios de chicos que, sin duda alguna, tendrían experiencia. El objetivo era llegar a alguno de ellos.

Dediqué varios días a estudiar estas secciones en varios periódicos: no iba a contactar con el primero que apareciera. Tenía claro que el chico en cuestión tenía que ser heterosexual, y dejarlo claro en su anuncio, vivir en mi ciudad, ligeramente mayor que yo, pero no mucho más, educado, que no incluyera las típicas frases o palabras soeces tan manidas en este tipo de anuncios.

A las dos o tres semanas, encontré uno que llamó mi atención. Se llamaba Daniel, tenía 32 años (y yo 23), se ofrecía sólo a chicas, y se describía como atento, amante del placer y presumía de dedicar tiempo a sus compañeras.

Era el único candidato aceptable que había encontrado. Y era el momento de ver qué posibilidades tenía con él… Pero sabía que ese plan me llevaría tiempo, tampoco quería irme con un desconocido a la primera de cambio.

Otra de las condiciones para empezar el plan, era que el chico en cuestión diera como contacto un teléfono móvil, ya que el plan era enviarle un sms “por error”, con ciertos detalles íntimos, muy sutiles, que le provocaran curiosidad. Si contestaba y entraba en el juego, el plan iría bien encaminado.

Y Daniel era el candidato perfecto. Cumplía todos los requisitos… ahora sólo faltaba ver si había química.

Di muchas vueltas al mensaje en cuestión… Redacté varios, y la mayoría los desechaba incluso antes de terminar de escribirlos, hasta que uno me convenció: me parecía simpático, cercano, misterioso y sensual…

“Hola Mateo (amigo ficticio), cuanto tiempo! Me ha pasado tu móvil Ana (también ficticia, y la excusa de la “equivocación” de número)… imagino que ya te habrán contado que Alex y yo rompimos hace un mes. Ahora voy a dedicarme a disfrutar… ¿qué tal tú con Jon? (que el supuesto amigo fuera gay eliminaba la posibilidad de que fuera un posible ligue). Llámame cuando vengas a Madrid y tomamos algo, ok?” (Sí, vivíamos en la misma ciudad). Y mi nombre como despedida, dejando claro que era una chica.

Así que lo envié, y esperé alguna reacción por parte del chico en cuestión. Eran las 12 de la noche, por lo que no creía que la respuesta fuera inmediata, pero sí lo fue.

“Me parece que te has equivocado, no soy Mateo, soy Daniel… lo siento”

Una respuesta más escueta de lo que esperaba… pero había contestado, y me había dicho su nombre, al menos ahora sabía que parte de lo que decía en su anuncio era cierto. Aún así, me tocaba echarle más imaginación para conseguir algo más de interacción por su parte. Había que responder.

“¡Disculpa! Me ha pasado una amiga el número y debe haberse confundido… siento mucho haberte molestado. Por cierto, bonito nombre”

Quizá la simpatía funcionara

Nuevo mensaje: “Gracias, y no te preocupes, no me molestas. Yo siento que hayas roto con tu novio”

¡Había entrado al juego!... Todo estaba bien encaminado, pero no quise seguir forzando la situación, por lo que dejé pasar el tiempo antes de contestar. De hecho, no respondí al mensaje hasta la noche siguiente.

Pasé todo el día pensando qué poner en el sms para que Daniel siguiera contestando, para que se enganchara a la conversación. Era obvio que mi objetivo había que plantearlo a meses vista, antes dudaba que llegáramos a conectar lo suficiente.

Aquella noche, envié el mensaje:

“Yo no siento lo que pasó, hay que mirar adelante y vivir nuevas experiencias, nunca se sabe a quién puedes conocer cada día”

Esperé unos minutos, y vi parpadear “Nuevo mensaje” en la pantalla de mi móvil.

“¿Te gustaría que nos conociéramos un poco más?... te dejo mi mail: dani_32@hotmail.com”

Ya estaba.

No contesté a ese mensaje, simplemente me limité a añadirle a mis contactos al día siguiente, lo que inició una serie de mails y conversaciones que nos ayudaron a conocernos un poco más… Tampoco mucho, nada de detalles personales, ni más información de la estrictamente necesaria. De hecho, me esforcé en que cada conversación llevara añadido cierto componente erótico que le desviara de posibles intereses sobre mi persona, y me cuidé de no curiosear en la suya.

Desde el principio fue sincero: me contó a lo que se dedicaba y se sorprendió un poco cuando vio que yo lo asumía de una forma muy natural. Obviamente, él no sabía que yo le había “buscado”. Nunca lo ha sabido.

Y aunque creí que me llevaría más tiempo, a la segunda semana de estar conectados, me propuso vernos.

En todo ese tiempo no habíamos intercambiado ninguna foto, tan sólo nos habíamos dado leves descripciones físicas para imaginarnos el uno al otro… y es que eso formaba parte del juego: nuestras conversaciones siempre habían estado muy enfocadas a temas sexuales, incluso con un par de excitantes sesiones de sexo telefónico, pero habíamos procurado mantener el misterio suficiente para que ese deseo se mantuviera vivo.

Un jueves, le propuse que pasara el sábado por la noche por mi casa a tomar una copa, después de cenar. Era muy explícito, y resultaba bastante excitante. Y aceptó sin pensarlo.

El objetivo inicial de meter un chico profesional en mi cama estaba casi cumplido. Era un riesgo, sí, y las pocas personas que conocen esta historia me dicen una y otra vez que cómo se me ocurrió meter a un extraño en casa, pero mira, así soy yo. Visto de ese modo, cualquier persona que conoces una noche y te lleva a un rincón, a su coche… es igual de desconocida, y casi nadie se para a pensarlo.

Yo prefería quedar con él en mi terreno, en mi casa. Donde yo me sintiera cómoda y protegida.

El viernes, sin embargo, sentí la necesidad de saber a qué me enfrentaba. No podía quedar con una persona que no había visto, que no sabía que aspecto tenía. Y se lo dije. Y aunque para él no era necesario, propuse que ese día previo, intercambiáramos unas fotos.

Puede que necesitara confirmar que Daniel me resultaría atractivo, que no me echaría atrás en el último momento. O puede que simplemente necesitara ver su cara, que ésta me ofreciera una impresión que me animara a lanzarme.

Ese día, a última hora, recibí su fotografía. No era ni de lejos mi tipo de chico, pero era muy sexy. Con todo el pelo rapado, casi al cero, musculoso, de mirada tranquila y sensual, con ojos grandes y oscuros.

Era lo que necesitaba para tomar la decisión final.

Y el sábado por la noche, a las 23h, sonó el timbre de mi casa.

Reconoceré que estaba bastante nerviosa, y excitada, pero sobre todo nerviosa. Yo había preparado unas copas, había puesto algo de música y encendido velas. Había creado un ambiente perfecto para lo que sabía que iba a suceder.

Cuando le abrí la puerta, me sonrió. Nos quedamos unos segundos inmóviles, en silencio, sólo sonriendo, hasta que abrí del todo y le dejé pasar. Se acercó a mí y me besó en la mejilla derecha. Un beso muy educado, pero al mismo tiempo cargado de lujuria: muy lento, de esos que te dejan sentir todo el contacto de sus labios en la cara.

Pasó al salón y se sentó en el sofá, y yo mientras, iba y venía a la cocina, preguntando qué tal había llegado, por el tráfico y lo difícil de la zona para aparcar.

Visto con perspectiva, todo era un enorme preliminar que, por cortesía, había que cumplir, pero que ambos estábamos deseando obviar.

Charlamos tranquilamente durante unos diez minutos, mientras tomábamos la copa, mientras nos examinábamos en silencio, mientras disimulábamos que nos interesaba realmente la conversación que manteníamos, y que sinceramente, nunca he conseguido recordar.

Lo único que se me quedó grabado, como desencadenante de todo, fue su frase de “pareces nerviosa”, a lo que contesté que no lo parecía, sino que realmente lo estaba. Entonces sonrió de nuevo y, avanzando apenas diez centímetros hacia mi lado en el sofá, me preguntó “¿Si me acerco, te pondrás más nerviosa?”. “Prueba”, le dije, mirándole directamente a los ojos y con una media sonrisa que, he de reconocer, me hizo sentir muy sexy.

Efectivamente, probó y se acercó muy despacio a mi (¿alguien puede explicar por qué el primer beso con una persona nueva siempre parece tan lento, se hace tan largo y lo deseas tanto, al tiempo que lo único que piensas es “venga, hazlo, ya”?) y nos besamos.

Aquello ya me dejó muy claro que sería una noche movida y agradable. En sólo diez minutos me había demostrado que era justo lo que buscaba: un hombre que sería capaz de darme placer y disfrutar viéndolo, disfrutar juntos…

Porque a partir de ese momento pasó algo que no había vivido nunca antes: absolutamente todo lo que hicimos, todo, lo enfocaba pensando en mí, en lo que a mí me gustaría, lo que necesitaría en cada momento, acoplándose a mis tiempos, disfrutando de cada segundo, literalmente, sintiendo que en cada segundo podíamos disfrutar de mil sensaciones diferentes.

Resulta curioso que él no notara nuestro desfase en cuanto a experiencia. Yo apenas había estado con 3 ó 4 chicos, y él tendría, seguro, un currículum interminable, pero nos entendimos perfectamente toda la noche. Toda esa noche, y las siguientes, porque no fue la única.

Tras el obvio y necesario tiempo de besos y caricias superficiales, que poco a poco ganaban intensidad, tumbados uno sobre el otro en el sofá, decidí que quería disfrutar en primera persona de la función y que, por mucho que él supiera, yo también sabía qué quería.

Y me senté a horcajadas sobre él, estando aún vestidos los dos…

Como chica precavida, había deducido que en el momento clave, me sería mucho más fácil deshacerme de un vestido que de unos pantalones, y que , además, a él le permitiría mejor y más fácil acceso a mi cuerpo, por no hablar de lo excitante de ponerse una bonitas medias ajustadas a los muslos y una botas altas de tacón.

Cuando me tuvo encima y frente a él, le resultó muy sencillo colar sus manos bajo el vestido, acariciando mis muslos, subiendo poco a poco por mi trasero y hasta mi cintura. Y verme dominante en el juego al quedar él en un plano inferior, al tenerme sobre sus piernas, era realmente sexy.

Resultaba muy fácil controlar la situación en esa posición: él tenía que mirar hacia arriba, y no podía acercarse a mis labios al menos que yo bajara la cabeza, poniéndolos a su alcance. Por eso, cuando quería que su boca acariciara otras zonas de mi cuerpo, lo tenía tan sencillo como retirarle mis labios, y enseguida buscaba cómo tener contacto directo con mi piel a través de otras zonas, dedicando tiempo, mucho tiempo, a mis pechos, a mis hombros, a mi cuello, dejando caer los tirantes que sujetaban el vestido y desnudándome poco a poco.

Por mi parte, poco a poco le fui desabrochando la camisa que se había puesto para mí… En una de nuestras conversaciones le había dicho que yo era muy buena quitando camisas, por lo mucho que me gustaba el ritual de desabrochar los botones y echarla hacia atrás, acariciando el pecho y los hombros al mismo tiempo, a lo que me contestó que se pondría una, como más me gustara, para nuestro primer encuentro. Le pedí que se vistiera con una negra, lo más suave posible. Y lo hizo.

Y por primera vez, toqué su torso, increíblemente duro y musculoso. Amplio y cálido, y del que no podía apartar mis manos y mis labios.

No sabría decir cuánto tiempo pasamos así, con preliminares tan intensos como cuando eres joven, y lo único que te permite la edad es juguetear explorando tu cuerpo y el de tu pareja.

Lo siguiente fue ponerme de pie, frente a él, mientras permanecía sentado en el sofá, para después arrodillarme entre sus piernas, concentrando mis atenciones en otra parte de su cuerpo, la más explícita y posiblemente la más alterada en esos momentos.

Y me recreé en la excitación que no podía disimular, y que me encantaba. Me dediqué a mil caricias superficiales, recorriendo sus muslos, acercándome cada vez más a su sexo, para después, poco a poco, desabrochar los botones de sus pantalones tejanos.

Podía ver la expresión de deseo un tanto contenido en su rostro. Y me sentía tan poderosa que no podía dejar de sonreír.

Y sin dejar de mirarle a lo ojos, empecé a masturbarle… muy despacio, con movimientos suaves pero firmes a los que él respondía cerrando los ojos para sentir con más intensidad cada caricia. Y aquello me excitaba casi más que a él, porque le tenía totalmente a mi merced y porque sabía que si quería más, él podría dármelo. Y tras las caricias manuales, dejé que sintiera la humedad de mi lengua en su sexo, rodeándolo y acariciándolo mientras no retiraba mis ojos de lo suyos.

No quería precipitarlo, no quería que aquel momento se desvaneciera en pocos minutos, por lo que frené el ritmo, me incorporé mientras pasaba mis dedos por mis labios y, separándome de él, me coloqué la ropa.

Coloqué los tirantes del vestido sobre mis hombros, di unos pasos hacia atrás y me senté en una silla, con las piernas cruzadas, en el lado opuesto a Daniel, frente a frente. No dejaba de mirarme, y había empezado a quitarse parte de la ropa que le quedaba puesta.

Y entonces, se acercó a mí, que seguía sentada en la silla, se arrodilló, subió la falda de mi vestido hasta mi cintura y separó mis piernas.

Yo llevaba unas braguitas bastante ligeras, de encaje negro, que no le costó mucho apartar ligeramente… No, no me las quitó, sólo las apartó lo suficiente para tener acceso a mi sexo, pero de una forma más excitante, mientras seguía sólo a medio desnudar, como si tuviera que cuidar que alguien pudiera vernos.

Entonces pude sentir su respiración junto a mis muslos, mientras sus dedos se movían muy despacio junto a mi sexo, acariciando el pliegue que unía mis piernas a mi pubis, apoyando su cara en mi ingle, dejándome sentir la rugosidad de una barba incipiente en ella, con todo el significado erótico de tener un hombre junto a mi sexo.

Sus dedos jugaban con el elástico de mi braguita, que poco a poco se descolocaba y dejaba a la vista partes de mi cuerpo tan temblorosas como ansiosas, que no podían esperar más pero que tampoco deseaban un ritmo mayor: aquella lentitud, aquellas pausas casi desesperantes, que me hacían pedir más y que al mismo tiempo quería conservar toda la noche…

Cuando sentí su lengua acercándose a mi sexo, subiendo por el muslo, mis piernas temblaban. Me aferraba a ambos lados de la silla y mi cabeza había cedido rigidez para dejarse caer hacia un lateral, cerrando los ojos a fin de poder sentir cada movimiento. A veces mis manos se acercaban a sus hombros, moviéndose desde allí hacia su cuello y su fuerte mandíbula, dejando que uno de mis dedos se acercara a su boca y la entreabriera, para sentir el contacto cálido de su piel en mis yemas, pero de nuevo volvía a tensar mis brazos sobre la silla, intentando que ellos me sujetaran y mantuvieran mi postura, ya que mis piernas estaban totalmente rendidas y dormidas. Intuyo que mi cuerpo, de una forma bastante inteligente, optó por anular parte de mi movilidad para sentir con mucha más intensidad otras partes de mi anatomía.

Con unos de sus brazos rodeó mi cintura, acercándome a él, mientras el otro seguía accediendo a mi cuerpo, con su mano y dedos acompañando a sus labios, para llegar a los míos. Pude sentir la suavidad de su lengua abriéndome poco a poco, y pude sentir toda la humedad y el calor de su boca, entrando en mi.

Intentaba mantener el silencio para poder escuchar su respiración. Me excitaba oír sus gemidos, aún suaves, pero graves, mientras respiraba y me degustaba, transmitiéndome lo mucho que le agradaba, y no podía dejar de pensar cómo poco a poco esos gemidos irían aumentando, cómo sería tenerlos cada vez más cerca, cómo sería sentir la gravedad de su voz oculta bajo esas respiraciones, junto a mi cuello, junto a mis oídos, al tenerle sobre mi, al sentirle entrar dentro de mi.

Cuando de repente paró, me sentí desconcertada, como si me hubieran despertado de golpe de un buen sueño, y debió notar esa extrañeza en mi cara cuando me dijo “así estarás más cómoda”. Me tomó de la mano y me tumbó en el suelo. Y entonces empezó a desnudarme muy lentamente. Desabrochó la cremallera lateral de mi vestido azul para poder subirlo desde mis caderas a mi pecho, y de ahí, pasarlo por mis hombros para poder quitármelo del todo. Sin él, yo estaba totalmente desnuda de cintura para arriba, con los brazos extendidos sobre mi cabeza, pero mantenía puestas las braguitas negras, descolocadas, y las medias a medio muslo con las botas. Me veía a mi misma como una de esas chicas de las películas que nunca se desnudan del todo cuando practican sexo, creando imágenes fetiches para los hombres, que luego suelen querer revivir en cada uno de sus encuentros.

Pensé que Daniel me dejaría así, pero no lo hizo. Él quería prescindir de todas esas prendas, y dedicó varios minutos a desnudarme, muy despacio, bajando las cremalleras de mis botas y tirándolas al un lado de la habitación donde no molestaran, bajando el elástico cada una de las medias para ir desajustándolas de mis muslos, y, por último, bajar las braguitas desde mis caderas hasta los tobillos, al tiempo que permitía que las palmas de sus manos estuvieran en contacto permanente con mi piel.

Entonces, se incorporó y le ví terminar de desnudarse a si mismo, mientras me miraba, con sus labios entreabiertos y sus ojos fijos en los míos y en las caricias que yo misma había empezado a dedicarme, en sustitución de sus manos. Normalmente los chicos con los que yo había estado eran demasiado impacientes como para dilatar un momento así, y mucho menos para saber disfrutarlo. Me resultó prometedor que Daniel no tuviera prisas, no podía dejar de pensar que aquel encuentro sería largo, e imaginar aquel estado de excitación durante horas me hacía sentir al borde del orgasmo.

Se tendió a mi lado y, sin decir nada, me giró levemente, dejándome apoyada sobre mi costado, casi en posición fetal, de espaldas a él. Y pasó su mano por toda la longitud de mi cuerpo, desde el hombro, bajando por el lateral del torso, a mis caderas, por la curva de mi trasero y bajando por el muslo… para después introducir su mano entre mis piernas, a la altura de mis rodillas, y volver a subir. Lo hizo dos o tres veces, al tiempo que sus labios recorrían el camino contrario, subiendo desde mis hombros, por mi cuello, hasta mis labios, y volver a bajar, haciendo parada en mi cuello de nuevo, una parte tan sensible en mí en tal estado, que me hacía gemir como si le tuviera dentro de mi cuerpo.

Y tras aquello, me giró de nuevo, me puso boca arriba, y retomó la labor de acariciar cada centímetro de mi cuerpo, muy despacio, sin dejarme moverme, sin dejarme hacer otra cosa sino disfrutar. Y noté sus manos sobre mis clavículas, para bajar por mis pechos, evitando las zonas más evidentes y dedicando tiempo a aquellas otras más olvidadas: el lateral hundido que une los pechos a las axilas, el costado desde éstos hasta la cintura, girando levemente hacia el interior para terminar junto al ombligo, y recorrer los centímetros que lo separan del pubis con sus labios, para volver a acariciar ese nacimiento y desviarse hacia las ingles, bajando desde ellas por el interior de los muslos, para volver a subir, acercarse a mi sexo y no llegar a tocarlo, dar vueltas y más vueltas haciéndome desear un contacto más directo, pero no darme el placer que tanto necesitaba, acrecentando mi deseo.

Pasó mucho más tiempo de lo que yo esperaba jugando con mi piel, dedicado exclusivamente al sentido del tacto, un sentido que solemos tener bastante olvidado por la urgencia y las prisas del contacto físico directo, pero que desde aquel día no puedo negar que es mi favorito. Probablemente nada es tan sensual y tan agradable con sentir el contacto de otra piel sobre la propia.

Y tras lo que parecieron horas, me tomó de la mano y me incorporó, de rodillas ambos, a su lado, colocándome frente a él, para acercarme totalmente a su cuerpo, dejándome sentir no sólo su excitación física y evidente, si no también su agitación interior, sintiendo los latidos de su corazón sobre mi pecho y su respiración y aliento entrecortados sobre mis hombros, mientras me tomaba de las caderas para mantener su cuerpo y él mío sin un solo milímetro de separación.

Pude acariciar su espalda, musculosa y cálida, sus hombros y subir por su nuca, para guiarle hacia mis labios, mientras él me susurraba al oído “¿te gusta?” y yo no podía ni siquiera pronunciar un sí que, por otro lado, era bastante evidente.

Entonces, dejó caer su brazo derecho entre nuestros cuerpos, para llegar a mi pubis, y abrirlo poco a poco para seguir estimulando mi sexo, para, pasados unos segundos, cambiar de táctica y volver a apoyar ese brazo en mi cintura y usar el contrario, esta vez bajando por mi espalda, para explorar mi sexo desde mi trasero… y, en esa postura, ir sentándose poco a poco en el suelo, mientras yo seguía de rodillas, para después colocar mis piernas en los laterales de su cintura, y quedar semi-sentada a horcajadas, sobre él, esta vez totalmente desnudos y bastante excitados. Sin dejar aún que su sexo contactara directamente con el mío, que seguía recibiendo esas caricias traseras, al tiempo que yo movía mi pubis contra su muslo, estimulando mí clítoris con la dureza y tensión de su cuerpo.

Entonces, pegada mi boca a su cuello, le susurré que quería tenerle dentro, que no podía mas y necesitaba sentirle, pero que me dejara ahora seguir el trabajo a mi. Me incorporé lo suficiente como para colocarme en cuclillas sobre él, dejándole tendido por completo en el suelo, de forma que pudiera ver todo lo que iba a hacerle. Y así, en cuclillas, me fui moviendo hasta sentir el contacto de su pene junto a mi sexo, para moverme ligeramente sobre él, de forma que pudiera sentir mi humedad y excitación, pero lo bastante lejos como para que el contacto fuera sutil y capaz de hacerle enloquecer por no poder llegar más allá. Quería que sus ganas fueran aumentando, que no pudiera sentir más el roce y las caricias, y me pidiera por favor que le dejara llegar al fondo de mi cuerpo…

En efecto, sus gemidos, esa respiración entrecortada grave que cada vez era más intensa, me decían que necesitaba que yo cediera a esa necesidad, que necesitaba que guiara su cuerpo al mío y lo dejar entrar, abrirse paso y notar todo mi calor y mi deseo. Y cuando ya no podía aguantar más, dejé caer suave pero intensamente mi cuerpo sobre él, sintiendo como me llenaba, como completaba esa parte de mí que necesitaba sentir esa pasión dentro. Y tras unos segundos de inmovilidad, empecé a subir y bajar, impulsando mi cuerpo con mis piernas, primero despacio, para dejarle salir del todo y volver a entrar, deseando acelerar el ritmo pero disfrutando de la lentitud que hacía que nos temblara todo el cuerpo, para ir ganando intensidad a medida que nuestras respiraciones se aceleraban, a medida que la intensidad de las caricias aumentaba y pasando a agarrar con desesperación y deseo el cuerpo del otro.

Y mientras no podía hacer otra cosa que sentirle dentro de mí, sus manos volvían a contactar con mi sexo, para acompañar sus embestidas con sus dedos sobre mis clítoris, jugando son mis labios, abriéndolos un poco más y poder disfrutar de un contacto mucho más directo en todo mi cuerpo.

Cuando mis piernas casi no podían soportar más el vaivén, asentó mis rodillas en el suelo, pasando a  mover mis caderas en círculos, con todo su sexo dentro de mi, pero con el objetivo único de estimularme a mi, y mientras, poder besar mis pechos y jugar con la dureza de mis pezones.

Y sin apenas tener tiempo para acostumbrarme, se movió ágilmente debajo de mi para incorporarse, dejar caer mis brazos hacia delante, de tal forma que mi cuerpo quedaba a gatas, y situarse detrás de mi, acariciando mi espalda desde la nuca al trasero, bajando por toda la extensión de mi columna, clavando suavemente las yemas de sus dedos sobre mis nalgas, y pasar su sexo por ellas, buscando que poco a poco se fueran acoplando, para pasar a controlar él la situación… Se movió detrás de mi buscando que la humedad de mi sexo que lo guiara hacia donde yo necesitaba, mientras agarraba mis caderas y movía mi cuerpo a su merced, marcando su ritmo, dedicado, ahora sí, a su placer… y sentir que me usaba de esa forma me volvía loca de placer.

Mi cuerpo estaba tenso y agotado, sentía calambres en los brazos por las posturas un tanto forzadas, y las piernas me temblaban por el hecho de retrasar tanto esa explosión que llevaba horas esperando, pero no quería que terminara… Y así, a gatas, con él detrás de mi, me incorporé para quedar erguida, con él a mi espalda, mientras seguía sintiendo como entraba una y otra vez dentro de mi cuerpo, y tomé una de sus manos, guiándola hasta mi sexo, marcando el ritmo que necesitaba y que estaba segura me llevaría a tocar el cielo.

Le tenía detrás de mi, penetrando mi cuerpo con intensidad y deseo, mientras sus labios mordían mis hombros y mi cuello, y su mano estimulaba mi clítoris con movimientos largos y profundos…y entonces, sentí que mi sangre hervía, noté un calor interior tan fuerte, que salía de mi espalda, y se expandía por todo mi cuerpo, y noté latir mi sexo con intensidad, con la intensidad de un orgasmo brutal que explotó dentro de mi con una fuerza que nunca había sentido, provocando unas contracciones tan fuertes que por unos instantes perdí la noción del tiempo y del espacio, y me descubrí gimiendo desde las entrañas, sin poder controlar mi cuerpo, sin querer hacerlo… para poco después, oírle a él decirme “yo también” y notar su cuerpo crisparse pegado al mío, mientras apretaba mis caderas a su cuerpo y sentía las contracciones de sus músculos detrás de mi.

Y después, el agotamiento dejó paso a las respiraciones acompasadas, que poco a poco se iban suavizando, retornando a sus tiempos habituales, mientras su cuerpo, tendido junto al mío, se mostraba relajado y abierto, con una de sus manos apoyada en mi cadera, casi junto a mi ombligo, y su cabeza entre mi brazo y mi pecho, besando el costado de mi torso.

Probablemente una de las mejores experiencias de mi vida, y aunque Daniel y yo compartimos algunas más, eso ya os lo contaré otro día.

LABIOSGLOSS

 

07/07/2008 16:29 Autor: Key. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Relato 1: Le había estado observando...

Le había estado observando toda la noche, desde que entró al local. Vestido de negro, informal, con un jersey de cuello alto que enmarcaba perfectamente su rostro, un rostro limpio, lleno de luz... y de misterio. Sus ojos oscuros, su pelo negro, ligeramente largo y ondulado... Y esa actitud despreocupada de quien no le importa demasiado lo que puedan opinar de él. No miró a su alrededor, se limitó a ocupar la mesa que le señaló el camarero y estudiar el menú con una asombrosa naturalidad... Estaba claro que no era la primera vez que iba a aquel restaurante. E increíblemente, ella, asidua a aquel lugar, nunca se había percatado de su presencia.

 Increíblemente...

 Sofía charlaba animadamente con sus compañeros de cena hasta que lo vio aparecer. Desde aquel momento no pudo  resistirse a levantar la vista de vez en cuando, buscando sus ojos, intentando descubrir algo más  de aquel extraño que, sin decir ni hacer nada especial, había captado toda su atención.

Él cenaba pausadamente, disfrutando de cada bocado, recreándose en cada sabor y cada textura. Aquello a Sofía le resultó excepcionalmente erótico. Y no pudo evita dejar que su mano se deslizara sensualmente por la copa de vino que tenía junto a su plato, y que se llevaba a los labios muy despacio, como quien lo hace deseando ser mirado y provocar el interés de quien le mira. Pero él no lo hacía, no la miraba. No miraba a ningún sitio. Estaba absorto en su mundo, pensando en quién sabe qué... o quién. Sí, eso debía ser... “tal capacidad de abstracción sólo podía provocarlo otra persona”, pensó ella.

Pasaban los minutos y Sofía cada vez atendía menos a la conversación que se había formado a su alrededor. El restaurante se había quedado vacío para ella. Sólo él... Por un momento le pareció increíblemente infantil quedarse absolutamente enganchada a la presencia de un extraño. Pero no podía evitarlo. Aquellos ojos... y aquella actitud, aparentemente tan estudiada pero tan natural al mismo tiempo...

“Sofía, vamos al baño un momento...”  y se quedó sola en la mesa. No la importó. Hacía rato que estaba sola en aquella mesa... por decisión propia.

Entonces, una mirada. Él levantó la cabeza, y sus ojos, por primera vez en toda la noche, se posaron en los de Sofía. Y no pudo evitar ruborizarse al sentirse descubierta. Pero no retiró la mirada. La mantuvo firme, pero cordial. Interesada, curiosa... sensual. Y unos segundos después, al bajar la vista, no pudo evitar que una sonrisa asomara en sus labios. Una sonrisa triunfal, de satisfacción.

A partir de ese momento, el juego cambió. Ahora ella sentía controlar la situación. Se sentía poderosa. Sabía que él se había sorprendido, había logrado provocar su curiosidad. Y el final de la cena transcurrió entre divertido y excitante. Le divertía comportarse como una colegiala coqueta, mirando de reojo al chico más guapo de la clase, y le excitaba imaginar que él también pensaba en ello. Porque aquel hombre no pudo evitar pasar el resto del tiempo pendiente de esa chica que le miraba entre tímida y descarada, entre niña y mujer...

Y después, hora de marcharse. Sofía había estado temiéndolo toda la noche. Ahí terminaba el juego, ahí se separaban sus caminos... Un hola y un adiós sin cruzar una sola palabra, hablando con gestos y miradas.

La noche era fría. Las luces se reflejaban en el asfalto mojado y la respiración dejaba su huella en el aire al pasar de la calidez del cuerpo a la desnudez del ambiente.

“Un taxi, dónde habrá un taxi ahora...”

Los demás se habían quedado a tomar algunas copas más, pero ella no podía permitírselo. El transporte público no era una opción para ella en ese momento.

“No encontrarás ninguno a estas horas...”

Y al girarse... Era él...ÉL... Y, por primera vez en toda la noche, sonreía. Sofía notó flaquear sus piernas. De repente el ambiente ya no era frío, la noche ya no era anodina y solitaria. Bueno, quizás sí solitaria, pero eso ya no le importaba. Sus mejillas, lo notaba, habían avivado su color. Sus ojos, lo sabía, habían aumentado sus pupilas. Su corazón bombeaba sangre a gran velocidad a todos los rincones de su cuerpo. Podía sentir esa inyección de vitalidad. Y casi podía sentir girar la tierra bajo sus pies.

“Sí... ¡será complicado...!”... Respiró hondo.

Silencio... Sólo silencio. Ella miraba al suelo, ahora sí se sentía intimidada, quizás un poco avergonzada. Movía su pie derecho, apoyado sólo en el suelo por su fino tacón. Con los brazos cruzados bajo el pecho, aferrada a su abrigo, y el pelo, húmedo, cayéndole sobre la cara. No podía mirarle... sabía que si lo hacía se delataría. Estaba nerviosa...

“Bueno, siempre queda la posibilidad de dar un paseo, ¿no crees?”... “No me gusta mucho pasear sola.”... “En ese caso, nos podemos hacer compañía el uno al otro... la noche está muy bonita”... Mmmm... ¿qué estaba pasando?...

“Es que mañana tengo que levantarme muy pronto... es tarde… y no creo que sea buena idea”...

“Yo creo que sí lo es... Te he visto mirarme... Soy Fernando. Tú eres...”

“Sofía, soy Sofía... no te miraba, bueno, sí... pero...”

“No pasa nada... Yo también lo hacía contigo. En cualquier caso, ha sido halagador que una desconocida repare en mi presencia...”

Por un momento a Sofía le pareció que aquel hombre era descarado e insolente, que estaba invadiendo su terreno...

“No, no... tengo que irme a casa...”... (¿ Quería realmente irse a casa?... Ummm )

“No pretendía hacerte sentir incómoda, lo siento... sólo quería conocerte”... Y se giró, caminando calle abajo... Sofía se sintió culpable. Había estado toda la cena provocando miraditas entre ambos y ahora no era capaz de asumirlo y reconocerlo. Se armó de valor...

“Ey, perdona... Fernando... perdona...he sido un poco antipática...  Pero es cierto que mañana madrugo, y es tarde... De todas formas, gracias, ¿vale?”...

“No, no vale...”...

¿Cómo? ¡Tenía que valer! Aquella respuesta la dejó descolocada, y sólo sintió cierto alivio al verle sonreír de nuevo.

“¿En serio te apetece irte a casa en lugar de pasear y charlar un rato? Si no te sientes cómoda a solas conmigo, volvamos al restaurante... Hay miles de excusas para faltar un día al trabajo”.

“Vaya”, pensó Sofía, “no esperaba ese punto canalla...”. Y comenzó entre ellos un intercambio de sonrisas y frases ingeniosas que rompieron el hielo que les mantenía a la defensiva.  Ella aceptó el paseo, y tomaron rumbo al centro.

En apenas media hora de camino, esquematizaron cada uno su pasado y esbozaron su futuro, al menos lo que esperaban de él. Y cada vez se sentían más y más cómodos. Las horas, aunque pasaban rápidamente, a Sofía ya no le importaban... a él, obviamente, no le habían preocupado en ningún momento.

“Tendré que buscar una buena excusa para no aparecer mañana por la oficina...”, dijo Sofía. En ese momento, empezó a llover débilmente.

“¡Pues me parece que como no nos demos prisa tu excusa será tan real como un buen resfriado... jajaja ...!”. Y empezaron a correr al tiempo que arreciaba la lluvia, intentando refugiarse en soportales que apenas les cubrían a ambos... Se reían, corrían, se culpaban uno al otro, bromeando, de la situación. Dos adolescentes disfrazados de adultos...

Cuando la intensidad de la lluvia menguó, Fernando propuso ir a su casa, apenas a dos manzanas de donde se encontraban... (“Nos sentará bien un café caliente y algo de ropa seca, ¿no?” ). Sofía estaba empapada, con los pies cansados de correr sobre zapatos de tacón... Aceptó. Quiso convencerse de que serían solo unos  minutos: el café, secarse un poco y deshacerse de la humedad de su cuerpo... Sí, aceptó.

El apartamento era realmente bonito. Aparentemente serio, con muebles oscuros y telas claras, las paredes ponían un punto de color en tonos rojizos, cálidos, que al fundirse con luz tenue creaban un ambiente muy acogedor.

“Te daré algunas toallas para que puedas secarte un poco... estás empapada”... Sí, lo estaba. Podía sentir el agua caer de la cabeza a los pies, deslizarse por su pelo y caer sobre su ropa...
Mientras ella pasó al baño, él se quitó el jersey. Sofía pudo ver de pasada su piel, y no pudo evitar quedarse parada junto a la puerta, mirándolo. Sonrió ligeramente... “Vaya”... pensó. Ella no se consideraba especialmente guapa, y empezó a preguntarse qué habría visto aquel hombre en ella para acercarse... Él era atractivo, no arrebatadoramente guapo, pero sí increíblemente excitante y muy sensual. Y estaban juntos, y solos, en casa de él... Mmmm... no podía seguir pensando en eso, no podía...

Sofía se miró en el inmenso espejo del baño. Estaba empapada y un poco cansada, pero aparecía increíblemente hermosa, radiante. Sus mejillas estaban sonrosadas, al igual que sus labios. Sus ojos brillaban y su boca dibujaba una sonrisa entre traviesa y relajada. Sus pechos se marcaban a través de la fina tela del vestido color violeta que llevaba puesto. Culpa del frío, la excitación del momento... culpa de... ¿él?...

Se quitó los zapatos y los dejó en el suelo. Luego, se quitó el vestido y se cubrió con una toalla granate enorme y suave, mientras secaba sus piernas, sus hombros, su pelo... Canturreaba una canción, se recreaba sintiendo la suavidad sobre su piel... Sólo un toque en la puerta le hizo volver a la realidad. Fernando le ofrecía un pijama con el que pudiera vestirse mientras su ropa se secaba un poco. Un pijama suyo que le quedaría algo grande, pero con el que se sentiría más cómoda que con una simple toalla, por grande que fuera, rodeando su cuerpo.

Al salir, Fernando ya estaba en el salón, sentado tranquilamente, curioseando una revista dominical. Ella sonrió porque imaginó el aspecto tan curioso que tendría, pero él asintió aprobando su aspecto.

“Mucho mejor, ¿no?”...le preguntó Fernando. “Seca al menos”, comentó ella... “¿Qué lees?”. “Nada... bueno... ¿sabías que la cara que se pone justo después de estornudar y la sensación que deja es muy similar a lo que se siente tras el orgasmo?”...

JAJAAJAJAJAJAJAJAJAJA... “¿Lo dices en serio?”....no podía creer lo que oía... “En serio, lo pone aquí, y es una revista muy seria... ¿no? jajaajajaja ”.

Eran las dos de la mañana, y en pijama y seca lo que menos le apetecía era regresar a casa. Pero tenía que hacerlo... “No, no tienes por qué hacerlo... mira, yo te dejo mi cama, quédate. Yo duermo en este maravilloso sofá cama que aún no he estrenado. No pasará nada, prometido.”  Mmmmm....

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué aceptaba? Él era un extraño, ¿a qué venía tanta confianza en tan poco tiempo?... Era una mujer adulta y eso no entraba dentro de lo que se podía llamar “comportamiento responsable”... Pero... ¿cómo resistirse? Lo prohibido excita los sentidos y no deja pensar con claridad... o quizás estimula la lucidez hasta tal punto que, bajo esa sensación, se liberan pasiones y se hace lo que realmente se desea...

La cama de Fernando era enorme... con sábanas blancas, de algodón, ligeras y acogedoras. Pecaminosamente cómoda... Pobre, él dormiría en ese sofá “virgen” del salón... No parecía importarle. Un anfitrión en toda regla. Aunque esa educación contrastaba con su rebeldía, su descaro y su atrevimiento. Esos ojos pícaros y esa voz educada no parecían corresponder a la misma persona...

Pese a lo cómodo de la estancia, dormir fue más complicado de lo que Sofía esperaba. Daba vueltas, miraba la hora, otra vuelta más, un minuto menos...

Sed, tenía sed. La cena había tenido la culpa. Tenía sed y para ello tendría que salir de la habitación y cruzar el pasillo, ignorando la presencia de Fernando apenas a cinco metros de distancia... Intentó aguantar. Pero no, tenía sed.
 
 
 

De modo que se incorporó y se sentó sobre el borde de la cama, reparando de nuevo sobre lo extraordinario de su geometría. Debía estar construida a medida… pensó, y preguntándose por los oscuros motivos que podían haber llevado a aquel hombre que, al menos presumiblemente, vivía solo, a adquirir un mueble tan extraordinario, se levantó.

Permaneció unos segundos en pie sobre el suelo enmoquetado de la amplia habitación de Fernando. No encendió ninguna luz, ya que su vista se había acostumbrado a la oscuridad total que reinaba a su alrededor y se dirigió lentamente a la puerta entreabierta empujándola sigilosamente. Desde allí tenía una panorámica perfecta de todo el salón. Sin duda, Fernando tenía buen gusto para la decoración. A su juicio, había conseguido armonizar aquel entorno cálido y acogedor con un estilo indudablemente minimalista. Todo un logro: un equilibrio cuidado y perfecto entre dos percepciones aparentemente contrapuestas. Unos débiles destellos de luz de luna alumbraban muy tenuemente la estancia.

Fue en aquel momento cuando, con cierto nerviosismo pueril, detuvo su mirada en el sofá. Aunque, en realidad, era eso lo que estaba deseando desde que decidió aplacar su sed, volver a verle. La última vez que lo hizo Fernando salía de su habitación.

 “Si necesitas cualquier cosa, no tienes más que decírmelo”, le había dicho.

Y por un momento le recordó a su padre cuando la acostaba por las noches, y más aún, cuando dejó la puerta entreabierta, como si lo hiciera para que ella no tuviese miedo. Desde entonces le había imaginado en aquel sofá, tal vez insomne, como ella; ¿expectante?…

Pero nada de eso… todas aquellas fabulaciones que rondaban la mente de Sofía se desvanecieron como agua sobre nieve en el mismo momento en que sintió aquel profundo escalofrío al comprobar que aquel sofá en que supuestamente dormía el hombre que había conocido apenas unas horas atrás, se hallaba completamente vacío.
 
 

“¿Fernando?” llamó… Silencio. “¿Fernando?”… Más silencio. “¿Oye?”  Nada… ni nadie. Se le apagó la sed de repente. El silencio era absoluto y al menos el salón estaba desierto. Ligeramente intranquila, caminó hasta la cocina. Allí tampoco había nadie. “¿Fernando?”, volvió a llamar, esta vez con un volumen de voz notablemente más alto… tampoco hubo respuesta. Sólo le restaba comprobar la única habitación de la casa que aún no había pisado. Sin saber exactamente por qué, se había imaginado que sería una especie de estudio o biblioteca con estanterías repletas de libros de todo tipo… Tal vez fuera ese aire de suficiencia intelectual con que Fernando adornaba algunos de sus comentarios lo que le había inducido a pensar de esa manera. Pero lo cierto es que la puerta había permanecido cerrada desde que había llegado.

Fernando sólo podía estar allí. Tal vez no había conseguido conciliar el sueño, se había encerrado allí para leer para no molestarla y se quedó dormido sobre el escritorio… fuera lo que fuera, su intranquilidad crecía por momentos. Pero también su curiosidad. Porque si Fernando no se encontraba allí dentro, Sofía era plenamente consciente de que se encontraba en el apartamento de un absoluto desconocido completamente sola.

Así que, decidida, se dirigió a la puerta y la golpeó un par de veces con los nudillos. “¿Hola?”. El eco de aquellos golpes se escuchó en el interior. Es curioso como un simple sonido puede hacer cambiar, en una milésima de segundo, cualquier apreciación equivocada de las cosas. De pronto esa habitación podía ser cualquier cosa, pero no una biblioteca repleta de libros. Esa estancia debía de estar vacía, sin duda. Eso pensaba mientras asía el pomo de la puerta y lo giraba hasta hacer tope. Pero no abrió la puerta inmediatamente sino que permaneció así unos instantes, algo avergonzada por pensarse fisgoneando en la casa de un extraño… Pero ese sentimiento duró muy poco y, muy lentamente, empujó la misma hacia dentro. Definitivamente, lo que quedó ante los ojos de Sofía no era en absoluto lo que estaba esperando.
 

Porque, para empezar, aquello no era una habitación, sino un breve pasillo. En la pared del fondo una luz muy tenue iluminaba mínimamente la escena. Sobre las paredes, y a cada lado, colgaban cuatro láminas enmarcadas, asombrosamente equidistantes entre sí, el techo y el suelo, en perfecta geometría. Pero lo más extraño es que las láminas reproducían, todas ellas, y con una sorprendente precisión, la misma obra pictórica. Un tríptico que Sofía reconoció al instante. Una pintura que, desde muy pequeña, había despertado en ella una fascinación que rozaba lo obsesivo. Era “El jardín de las delicias” de El Bosco.

Sofía conocía al dedillo la interpretación más difundida de la obra: al exterior, el tercer día del Génesis, como preludio: al interior, en la hoja a la izquierda, la creación de Eva, el suceso base de los males del mundo: en el centro, la representación de los pecados carnales: a la derecha, el castigo, el infierno.

En sus frecuentes visitas al Museo del Prado, Sofía podía contemplar el conjunto durante horas. Eso sí, era su tabla central la que acaparaba la mayor parte de su atención. Una escena con cientos de personajes, animales, frutos de tamaños desmesurados, hombres y mujeres, todos desnudos, entregándose febrilmente a todo tipo de placeres sexuales. La lujuria lo invade todo, no hay niños, sólo adultos muy pálidos con algún negro para contrastar.

Jamás lo había confesado a nadie, pero en alguna ocasión, ciertas escenas en clave orgística de la pintura habían llegado a excitarla realmente, forzándole a menudo a rememorar una fantasía recurrente…
 

En esta fantasía Sofía siempre se hallaba invariablemente boca abajo, sobre sus cuatro extremidades, hacia el extremo de una cama. Completamente desnuda a excepción de un sugerente tanga de encaje de color rojo, piernas y brazos soportando el peso de su espalda, arqueada hacia abajo, haciendo sobresalir, aún más si cabía, una de las partes más apreciadas de su esbelta anatomía: un hermoso y redondo culo.

Pero evidentemente, no estaba sola en aquella fantasía. Un hombre junto a ella, con el torso desnudo, le susurraba cosas al oído y le acariciaba el largo cabello castaño que en parte reposaba sobre su espalda, y en parte caía hacia la cama.

Poco a poco, aquel hombre hacía que Sofía se excitara de forma creciente… con un dedo acariciaba sus labios mientras ella entreabría los mismos para dejarle sentir la humedad de su lengua… luego, con ese mismo dedo húmedo, rozaba sus pezones, que se endurecían inmediatamente por el contraste de temperaturas, se recreaba en los mismos durante unos instantes y muy suavemente continuaba con la base de sus pechos, utilizando ya todos los dedos de su mano…

Entonces le decía,  “Quiero ver cómo te tocas”…

Y ella obedecía…

Primero separaba un poco más las piernas, luego humedecía tres de sus dedos introduciéndolos en su boca, para después dejar caer el peso sobre uno de sus brazos, deslizando el otro por debajo de su cuerpo, hacia su entrepierna.

No introducía sus dedos por la parte superior del tanga, sino que apartaba la tela del mismo allí donde la prenda comenzaba a estrecharse e iniciaba unas caricias superficiales, hasta que humedecía la entrada y lograba entreabrir aquellos otros labios, consiguiendo así acceso a la parte más sensible de su carne.

Después, como de costumbre, alternaba movimientos… longitudinales, introduciéndose un dedo en la vagina para luego extraerlo y recorrer con el mismo todo el camino hasta el clítoris, lubricándose con sus propios jugos… y circulares, entreabriendo los labios con los dedos índice y anular y estimulándose el clítoris con el corazón…

Sentirse observada la excitaba aún más, y ese hombre lo hacía, e incluso le murmuraba al oído con aquella voz extraordinariamente sensual que siguiera… que siguiera hasta que le temblaran las piernas.

Llegado el momento, una de sus manos comenzaba a recorrer su espalda con la palma de la mano hasta llegar a la parte superior del tanga, dejaba pasar un dedo por debajo de la delgada tira y acariciaba su culo siguiendo la línea de la tela, hasta pararse y terminar con un suave masaje circular, ascendente y descendente, que se tornaba en ligeramente violento.

Y cuando sentía que su propio jugo le derramaba ya entre los dedos… era absolutamente consciente de que, desde ese momento, era capaz de cualquier cosa.

Y aquel hombre lo sabía.

Por eso, acto seguido, y sin mediar palabra, se desprendía de los pantalones, se colocaba de rodillas muy cerca del rostro de ella, insertaba una de sus manos en sus Calvin ajustados, extraía un pene tremendamente erecto, y lo situaba a medio centímetro de la boca de Sofía. Ella sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Echaba el peso ligeramente hacia delante para recorrer esa distancia mínima que separaba sus labios del glande, e introducía el pene en su boca, cerrando los labios alrededor del mismo, jugueteando con su lengua, mientras él se deslizaba dentro de ella con suaves movimientos rítmicos.

Pero a partir de este momento, el curso normal de acontecimientos daba un giro decididamente brusco cuando ese misterioso hombre, que continuaba jugueteando con su aparato dentro de la boca de Sofía, realizaba una señal con los dedos, un simple chasquido, hacia una esquina de la habitación.

Inmediatamente, la puerta de la misma se abría y aparecía un segundo hombre, éste embutido en un traje gris plateado de diseño, corbata y camisa. Sin más preámbulos se situaba detrás de Sofía, abría la bragueta de sus pantalones y extraía de ella su verga que, a la vista de de la proximidad del culo desnudo y dispuesto de Sofía, se tornaba inminentemente rígida. Entonces, la situaba en la entrada de su vagina, realizando pequeños movimientos circulares, lubricando su glande y abriendo los labios poco a poco y hasta que encontraba vía libre. Instantes después, Sofía podía sentir como aquel pene desconocido la penetraba con facilidad una y otra vez hasta las mismísimas entrañas y como ella contraía los músculos a intervalos, rodeando fuertemente aquella verga con las paredes de su húmeda vagina. Y sentía como aquel placer que iba en aumento, al mismo tiempo que seguía acariciando su clítoris y succionaba el tremendo falo del primer hombre.

Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm…

Sofía se sentía absolutamente colmada…

Hasta que ese segundo hombre retiraba su pene y lo colocaba en la entrada de su ano. Sofía siempre se estremecía en aquellos momentos porque sabía que iba a sentir dolor… aunque fuese solo al principio y fuese breve.

Pero sorprendentemente, no sintió dolor alguno. Aquel hombre empujaba lentamente ayudándose de una mano, y ella sentía como se abría para él, como su verga penetraba cada vez más en aquel orificio minúsculo. Y le encantaba. Y él comenzaba unas lentas embestidas. Y ella, que continuaba tocándose, se encontraba cada vez más excitada, más descontrolada, más exquisitamente sucia… dos hombres dentro de ella… y luego, lo inevitable…
 

Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm….
 

No tardaba en alcanzar ese punto máximo de excitación que aceleraba sus latidos, terminaba en espasmos por todo el cuerpo y, en fin, la volvía completamente loca y vulnerable. El placer máximo. La felicidad absoluta. Metafísicamente hablando, el sentido de la vida.

Claro que la cosa no acababa allí, porque a una nueva señal del primer hombre, que parecía dirigir el festín cuyo centro neurálgico era el cuerpo de Sofía, el segundo se batía en retirada y entraba en escena un tercero, prácticamente idéntico al primero, alto, fuerte, vistiendo aquel mismo traje a modo de uniforme… y cada uno de ellos repetía la misma operación… quién sabe cuantas veces.

Sofía siempre perdía la cuenta tanto de los hombres que la penetraban, como de los orgasmos que se sucedían, uno tras otro… Sin embargo, ninguno de aquellos hombres eyaculaba, como si su presencia se justificara sólo para proporcionarle placer…

Ello era así hasta que el primero de ellos volvía a cobrar protagonismo y era él quien se situaba detrás de Sofía y volvía a penetrar su vagina violenta y profundamente, entrando y saliendo de su cuerpo cada vez más rápido, cada vez de forma más salvaje… hasta que al fin él gemía gravemente y ella podía sentir como aquel líquido caliente se derramaba y la inundaba, a cada embestida final, muy adentro… y como luego, al extraer el hombre su verga, éste chorreaba hacia fuera, manchando las sábanas de la cama.

Y entonces el hombre desaparecía… y Sofía podía al fin descansar todo su cuerpo sobre la cama. Agotada, absolutamente exhausta… parecía dolerle cada músculo de su anatomía… pero especialmente las piernas, que ya le flaqueaban, y los brazos, de aguantar durante tanto tiempo el peso de su propia espalda… y por supuesto, sus partes más íntimas, que imaginaba fuertemente enrojecidas… y permanecía ahí, inmóvil, hasta conciliar el sueño.
 
 
 
 

De todo aquello era capaz “El jardín de las delicias”, pensó Sofía, ligeramente turbada – y excitada - por aquéllos pensamientos obscenos… pero en aquel pasillo no solo había cuadros. De hecho, el elemento más inquietante se situaba no en sus paredes sino en el extremo opuesto … se trataba, ni más ni menos, que de una estrecha y empinada escalera de caracol que ascendía y se perdía en una amplia cavidad construida en el techo del pasillo... Sofía vaciló unos instantes, indecisa. Y ahora, ¿qué debía hacer?
 
 
 

 Curiosa por naturaleza, Sofía no pudo resistir la tentación y caminó lentamente hacia la base de aquellas escaleras. Alzó la vista y descubrió un ligero destello de luz escapando por las juntas de la puerta que coronaba el último escalón. Respiró hondo, giró su cabeza y observó el pasillo que dejaba a su espalda. Había “profanado” una zona del apartamento de Fernando que él no le había mostrado ni comentado. Aquello debía significar algo, algo como que a él probablemente no le iba a gustar saber que ella había merodeado por allí.

 De pronto, cuando, arrepentida, se dirigía sobre sus propios pasos a la zona conocida de la casa, se percató de un sonido vibrante y profundo que provenía de la parte superior de la escalera.  Notas graves y sostenidas, lentas, profundamente tristes... o sensualmente eróticas. Y el estado en que se encontraba tras haber rememorado su fantasía ante aquel cuadro la situaba irremediablemente en el segundo sentir.

Dudó. Quería subir, abrir esa puerta, descubrir el misterio. Pero no podía. Sentía estar traicionando la confianza de Fernando al inmiscuirse en su intimidad. No, no podía hacerlo, pero tampoco podía quedarse con la duda de qué habría allí arriba. Al fin y al cabo, si tan prohibida fuera la estancia, ¿acaso no estaría fielmente cerrada, de modo que nadie, salvo su dueño, pudiera acceder a ella? Aquel razonamiento terminó por convencerla y se dispuso a subir aquellos escalones, curvados, estrechos y altos, en dirección a aquella misteriosa puerta.

Era música. Aquel sonido era música. Notas de piano resonando en un recinto pequeño y cerrado. Notas cálidas...

Empujó muy suavemente la puerta, que se abrió sin problemas al contacto de la mano izquierda de Sofía. Cada centímetro la revelaba una visión más nítida de aquella habitación. Paredes claras, iluminadas por luz natural (velas, una chimenea...). En la pared derecha, un enorme mural, un fresco que mostraba el rostro de una mujer, bella e inquietante. Un busto desnudo que colocaba su mano derecha sobre su cuello y escote, reposando, como acariciándose a sí misma. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda y hacia el suelo, los ojos cerrados y el cabello cayendo sin orden sobre sus hombros.

Sofía terminó de abrir la puerta. Al fondo de la estancia, el piano. Sobre él, dos velas medio consumidas iluminaban todo el recinto. Y frente al piano, Fernando, con el torso descubierto y descalzo, tocando pausadamente. Sonidos asilados, notas sin continuidad, simplemente disfrutando del tono de cada una de ellas resonando en la tranquilidad de la noche.

Una enorme alfombra recibió los pies desnudos de Sofía. Era suave a acogedora. Cálida. Muy sensual.

“Te he despertado, ¿no?”, dijo Fernando, girándose hacia Sofía.

“No, no... tenía sed...perdona por haber curioseado sin permiso...”.

“No te preocupes... Yo tampoco podía dormir... Esta habitación la descubrí reformando el apartamento. Es una pequeña buhardilla que no tenía ningún uso más que almacenar viejos muebles... Así que decidí reformarlo y supe enseguida que se convertiría en mi rincón preferido”.

“Es muy bonito...”. Sofía se detuvo frente al piano y acarició la superficie oscura y satinada.  “Nunca hubiera imaginado que tocabas...”

“No, no lo hago. No entiendo nada de música, pero me relaja subir aquí y sentir cada sonido... se pueden apreciar diferentes sentimientos y estados de ánimo dependiendo de cada tecla que toques... ¿lo has probado alguna vez?”...

“Nunca...”

“Ven, acércate… siéntate aquí...”

Se levantó y  cedió su lugar a Sofía. Ella se sentó despacio y dejó sus manos reposando sobre su regazo, a la espera de que Fernando le diera más instrucciones.  Pero en lugar de hacerlo de viva voz, él , situado a su espalda, se agachó y acercó a ella, poniendo su cara entre el hombro derecho y el rostro de Sofía, casi susurrándole al oído, mientras sus manos levantaban las de ella y las posaba con suma delicadeza sobre el teclado.

Sofía no pudo sino cerrar sus ojos y sentir la cercanía de aquel hombre, su respiración, la calidez de su piel (desnuda) junto a ella. Apretó ligeramente sus labios mientras, por un instante, notaba que su cuerpo se aflojaba. Se sentía flotar, y cada sensación era más intensa, cada sonido más profundo, cada roce más y más placentero. Recordó el momento anterior, en el pasillo. Un hombre tras ella, solos... Aquello era una fantasía. Lo de ahora era real... Notó como cada vez estaba más excitada, sobre todo al sentir el pecho de Fernando sobre su espalda cuando él se aproximaba, rozando sus hombros y sus brazos.

Y, sin darse cuenta, un leve gemido, casi un ronroneo, exteriorizó lo que su cuerpo sentía en esos momentos. Giró la cabeza, miró hacia atrás... Fernando se mantenía pegado a ella, al tiempo que apoyaba su mano en la de Sofía, aún sobre el piano, y ascendía lentamente por su brazo, levantando ligeramente la tela que lo cubría, para seguir por encima de ella hasta llegar a su hombro, apartarle el cabello que cubría su cuello e inclinar sus labios sobre él.

Aquella zona era increíblemente sensible en ella. Podía experimentar el más profundo de los placeres sólo al sentir el aliento de un hombre sobre él.... y no digamos si eran sus labios los que lo marcaban, ejerciendo una ligera presión al principio para ir ganando intensidad a medida que el ambiente se caldeaba un poco más.

Fernando posó su mano sobre el escote de Sofía y fue ascendiendo hacia su barbilla, girándole la cabeza hacia la derecha a fin de contemplar su rostro y aproximar sus labios a los de ella. Todo muy suave, disfrutando de cada segundo. El erotismo que desprendían ambos en ese momento merecía disfrutarlo con tiempo...

Necesitaba sentir sus labios... la espera la estaba volviendo loca. Estaba totalmente a su merced, él lo sabía, y seguía retrasando el momento. “Vamos, vamos, vamos...”. Pero Fernando se recreaba en su cuello, en su mandíbula, en sus mejillas y sus pómulos... Sofía se separó un poco y lo miró a los ojos... “Bésame... ya”. Él, lejos de obedecer, la tomó de la mano y la puso en pié. Se colocó frente a ella, rodeando su cintura con el brazo izquierdo y acariciando su rostro con la mano derecha, bajándola después por su cuello y su escote, hasta su pecho... Desabrochó dos botones de la camisa que la cubría y se inclinó a su pecho, besándolo y lamiendo las curvas sensuales e increíblemente excitadas de Sofía.

Pero ella ya no podía más... necesitaba sentir sus labios, probar su sabor... fundir su boca con la suya... Así que le tomó de la mejilla y levantó su cara. Sofía, anteriormente indefensa, casi asustada, había transformado su mirada dulce en una mirada de arrebatadora pasión y lujuria. Le miraba casi desafiante, y le susurró al oído... “Déjame a mí”...

Con su mano cerró los ojos de Fernando, pidiéndole que los mantuviera así, y poco a poco acercó sus labios a los de él, pasando primero el dedo pulgar por ellos, avisando sobre sus intenciones, estímulo al que Fernando respondió entreabriendo su boca ligeramente. Sofía lo besó despacio, abriéndose camino con su lengua, al tiempo que él acercaba su cuerpo al de ella un poco más... Podía sentir su creciente excitación cuando Fernando dejó caer las manos de la cintura al trasero de Sofía, apretando su cuerpo al suyo... Mientras, el beso ganaba intensidad, con sus lenguas jugando ansiosas, casi devorándose para dejar salir el deseo acumulado durante toda la noche. Y se mordían firmemente los labios, pasaban su lengua por los del otro, intercambiaban respiraciones entrecortadas...

Sofía bajó por el cuello de él, besando cada rincón, hasta su pecho. Se recreó en sus pezones, excitados, y besó su abdomen, mientras acariciaba con sus manos los costados de su cuerpo. Fernando sólo pudo cerrar los ojos, echando su cabeza hacia atrás, centrándose en todas aquellas sensaciones, acariciando el pelo de ella. Y Sofía seguía bajando hacia el bulto que delataba la enorme excitación de él, que esperaba ansioso que ella hiciera lo que, sin duda, iba a hacer...

Bajó el pantalón y liberó su pene, que se mostraba enhiesto y firme. Levantando la mirada, observó la expresión de placer del rostro de Fernando. Y Sofía acercó sus labios, lamiendo primero el glande, para después introducirla del todo en su boca, apretando suavemente sus labios a fin de que él pudiera sentirlo con mayor intensidad. Y comenzó a chupar, rítmicamente, ayudándose por sus manos, que con movimientos rotatorios le provocaban un inmenso placer.  Sofía no se limitó al pene, y comenzó a acariciar los testículos, que más tarde lamió y succionó poco a poco, prestando atención a los gemidos de Fernando, que sin duda le darían una valiosa información sobre si lo que ella hacía le gustaba o no... Y todo parecía ir muy bien.

Sofía se incorporó despacio, sin separar su cuerpo del suyo, dejándole sentir sus pechos... Ya no parecía tan comedido, y, sin duda, ahora quien no podría resistir un parón  sería él, que, deseoso, despojó a Sofía de la ropa que la cubría, recreándose en sus curvas... Y la tendió en la alfombra, levantándole los brazos por encima de su cabeza, besándole la boca mientras ella movía sus caderas, pegadas a él, retozando como un animal en celo...

Fernando besó su cuerpo, desde la frente, pasando por sus ojos, y sus labios, bajando a su cuello y notando como a Sofía se le erizaba la piel...Había encontrado, sin duda, el rincón más erótico y sensible de aquella mujer... Pero apenas unos minutos allí y siguió su camino, disfrutando de la turgencia de  unos senos duros, excitados, dulces…calientes... y de la magia de su vientre, que latía a cada caricia que él le brindaba.

 “Sí, baja, baja...”... Sofía lo deseaba. Y él lo deseaba aún más... Abrió sus piernas un poco más, y se acomodó entre ellas. Descubrió un sexo húmedo, totalmente depilado, suave, que le decía sin palabras que esperaba sus labios en él... y dentro de él... Y Fernando aceptó esa invitación. Aquella dulzura, aquel sabor... era lo más erótico que había probado. No podía dejar de mirarlo, y al  mismo tiempo deseaba lamerlo. Y lo hizo, pasando su lengua primero por las ingles, notando cómo los muslos de Sofía temblaban, para posteriormente  deslizar su mano desde su ombligo hasta el interior de aquel coño, que le pedía más placer... E introdujo su lengua lentamente... lo que provocó en ella un gemido tan profundo que Fernando no pudo sino seguir, aún más excitado, aún con más fuerza, jugando con los labios y el clítoris... Quería que ella gimiera así siempre. Quería verla romperse de placer, verla desfallecer, y que le pidiera más, que le pidiera que no parara nunca... De hecho, ella lo hacía, sin palabras, pero lo hacía, guiando la cabeza de Fernando con una mano... retorciendo sus caderas para sentirle más dentro...

Sintió cómo el cuerpo de Sofía temblaba, como su sexo empezaba a contraerse, y sabía que esas contracciones desembocarían en un orgasmo tan potente que él quería sentirlo en su boca, quería sentir cómo Sofía se derramaba en sus labios, y recordar ese sabor siempre...
 
 

Y Sofía perdió el sentido, la compostura... perdió el rumbo, y no le importó. Sólo quería sentir lo que aquel hombre le había provocado. Gimió, gritó, pronunció su nombre mientras su cuerpo aumentaba de temperatura, mientras una increíble sensación de placer recorría su piel, sus músculos... sus sentidos... Y cuando aquella oleada hubo menguado, acercó a Fernando a sus labios, quería degustar su propio sabor de los labios de él... Y se besaron profundamente...

Pero ella sabía que el mayor placer que se puede experimentar es el de ver a la otra persona disfrutar contigo, y ahora le tocaba a él... Seguía increíblemente excitado, y ya no le quedaban lugares en el cuerpo por besarla, ni zonas sin acariciar... Sofía se incorporó y lo tendió en el suelo, boca arriba... Era el momento se sentirlo dentro... Y se colocó sobre él, sentada a horcajadas, inclinada sobre Fernando apoyando sus brazos a ambos lados de él, de modo que sus cuerpos quedaban separados pero con un ligero contacto, muy sensual, a cada movimiento que ella realizaba... Y acercó su sexo al de él, sintiendo su potencia, su dureza. Y lo acarició moviendo sus caderas, dejando que poco a poco se fueran acoplando el uno al otro. Hasta que Fernando, casi sin respiración, le suplicó que lo montara, que fuera ella quien lo hiciera. Y Sofía, incorporándose, colocando su cuerpo erguido, tan sólo unidos por aquella pequeña zona, levantó ligeramente sus caderas, permitiéndole entrar del todo en ella. Y sintió cómo aquella verga, dura, húmeda, entraba casi milímetro a milímetro, dilatando aún más su vagina... A Sofía le encantaba esa sensación, sentirse llena. Permanecían quietos ambos. Sólo ella comenzó a mover sus músculos internos, presionando rítmicamente el pene de Fernando,  al tiempo que él la acariciaba los muslos y la miraba a los ojos.

Poco a poco el ritmo comenzó a avivarse. Ella movía sus caderas en círculos alternándolo con entradas y salidas casi totales, lo que provocaba a Fernando un enorme placer al sentir más de una vez la entrada de su glande en el cuerpo de Sofía. Se ajustaban sin problemas el uno al ritmo del otro, se comunicaban sólo con jadeos y gemidos. Y cuando Fernando estaba a punto de explotar, ella lo frenó. Paró en seco justo en el momento en que él pensaba que ya no había marcha atrás. Pero ella supo contenerlo, alargarlo... Se apartó de él y se sentó de nuevo en la banqueta del piano.

“Quiero ver cómo te masturbas para mí...”

Fernando no hubiera esperado nunca esa reacción en Sofía, y le excitó mucho pensar que, detrás de aquella chica, tan respetable, tan normal... había una mujer lujuriosa que siempre estaría dispuesta a compartir placer con él...

¡Y aquella mirada!... con una media sonrisa falsamente inocente mientras mordía  suave sus labios, con las piernas cruzadas, esperando a que él comenzara y cumpliera sus ordenes y deseos...

Fernando lo hizo, no podía negarse... Y lo hizo mirándola directamente, notando cómo se sonrojaba ligeramente mientras él la desafiaba, como quien dice: “Esto es lo que quieres, ¿eh?”... Marcó un ritmo suave para no propiciar un final temprano, concentrándose, más que en la masturbación, en la excitación creciente de ella...

Y Sofía, ansiosa, se puso en pié, de espaldas a él, e inclinó su cuerpo, apoyando sus brazos en la banqueta... Él lo entendería... Lo entendería porque lo deseaba tanto como ella.

 Fernando se acercó y pasó su mano por toda su espalda, bajando desde la nuca (ese cuello... Mmmmm) por la columna, hasta su culo, que se mostraba dispuesto a todo lo que él quisiera.  Sofía sólo le hizo una indicación... “Hazlo suave... es mi primera vez”...
 
 

Fernando sonrió, pero no dijo nada y Sofía volvió la cabeza sin olvidar que, en breve, iba a experimentar algo nuevo, y una parte de aquella fantasía recurrente que acababa de recordar poco tiempo atrás.

Entonces, sintió como la mano de Fernando se posaba justo en el centro de su culo y como éste introdujo suavemente el dedo pulgar de esa misma mano en su vagina para después entrar y salir, resbalando, jugueteando entre los labios y así, hacia el clítoris y luego otra vez de vuelta. Mientras, con la otra mano, masajeaba sus glúteos, los abría, volvía a cerrarlo.

Todo aquello hizo que Sofía se humedeciera aún más y abrió separó algo más las piernas, facilitando el acceso a Fernando. Pero, de repente, en una de estas idas y venidas, Fernando extrajo ese dedo empapado, lubricado con los propios jugos de Sofía, y lo colocó en la entrada de aquel agujero que sentía tan pequeño, casi infranqueable. Así, Fernando pudo comenzar ejerciendo una ligera presión sobre el mismo, al tiempo que realizaba un casi inapreciable movimiento circular. Pero además, al momento, Sofía también sintió como otro dedo volvía a penetrarle la vagina.
 

“Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm. Así, no pares”. Le dijo Sofía. “Me encanta. Así. Despacio”.
 

Poco a poco, Sofía se percató de como, más relajada, aquel dedo de Fernando se iba abriendo camino, sintiéndolo cada vez más adentro, notando como su culo se abría para él. Estaba siendo doblemente penetrada y la sensación era extraordinaria. A veces, él extraía su dedo y volvía a lubricarlo con su propia saliva, volviendo a introducirlo, llegando cada vez más adentro.

Poco después, le susurró al oído…

“Quiero que te abras más… seguro que puedes… ayúdate con las manos”… y, adelántandose, prendió ambas manos de Sofía y se las colocó sobre su propio culo…

“Así… ábrete”… Y Sofía accedió

De modo que Fernando se reincorporó. Su pene seguía completamente duro, erecto, casi amenazador, aún más a la vista de la aparente vulnerabilidad de la mujer que posaba para él, lo aferró, rodeándolo con dos dedos por su extremo inferior.

Sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Mientras que con el pulgar de la otra mano seguía estimulando la entrada del culo de Sofía, colocó su falo en la puerta de su vagina y empujó, deslizándose suave y sin dificultad, hasta que su órgano desapareció, entero, dentro de ella. Aquel coño estaba tan húmedo que cuando Fernando sacó su polla, ésta brillaba y el líquido se derramaba entre los pliegues de Sofía…

Fue entonces cuando, Fernando extrajo su dedo de dentro de Sofía y posó su lubricado pene sobre el agujero virgen.

A Sofía le temblaron las piernas al percatarse de que aquello que sentía en aquel lugar ya no era el dedo de Fernando, sino algo más caliente y de un volumen sensiblemente superior… sin embargo, no se puso nerviosa. Hasta ahora él había demostrado que sabía lo que hacía... y cómo… así que se relajó a medida que, con ambas manos, obedecía las instrucciones de Fernando con fuerza, para que él pudiese penetrar cada vez más dentro de ella. Por ello, Fernando ejerció cada vez más presión y vio como, centímetro a centímetro, su polla, necesariamente rígida, iba penetrando en aquel culo virgen, cuyas paredes se cerraban sobre su verga, proporcionándole un placer indescriptible a medida que entraba, retrocedía un poquito y volvía a empujar. Sofía sentía, casi indefensa, como Fernando desvirgaba su ano… y le gustaba. No había sentido apenas dolor y sí un enorme placer, y aún más al comprobar que tenía toda la longitud del falo de Fernando dentro de ella.
 

Entonces Fernando sustiyó las manos de Sofía por las suyas propias, realizando el mismo trabajo, y comenzó a bombear lentamente… no sin antes pedirle a Sofía que se masturbase al mismo tiempo… y ella lo hizo, como en su fantasía…

 Y gozó, y disfrutó de aquella situación extraordinaria… y se imaginó, como si fuera una tercera persona, a sí misma, siendo penetrada de aquel modo mientras se acariciaba de forma cada vez más acelerada… y no pudo evitarlo…

Y sus grititos entrecortados, de leve dolor, de inmenso placer, terminaron en un vigoroso y sonoro orgasmo que hizo que se le erizaran todos los poros de su piel…

Fernando se dio cuenta, y unos segundos después, ya no pudo aguantar más, se sentía explotar… estaba a punto… y en un movimiento reflejo extrajo su verga del culo Sofía al tiempo que expulsaba, entre espasmos, abundantes borbotones del líquido blanco y espeso que resbaló por el trasero de Sofía hacia su espalda y hacia su ano. Ella lo sintió, caliente sobre su piel… estremeciéndose aún más, sintiendo, como de costumbre, el placer de ver disfrutar a la persona a la que se había entregado aquella noche.
 

Cuando él hubo terminado, ella, sin decir nada, se desplomó, agotada, sobre la suave moqueta del suelo y cerró los ojos…y casi de forma inmediata, o al menos, eso le pareció a Sofía, Fernando la acompañó silenciosamente, abrazándola, cubriéndola, como para protegerla del frío.

 La besó tierna y cuidadosamente, sobre los párpados, en la mejilla, en la frente, en los labios, en la barbilla, y luego permaneció así, quieto, mudo. Ni una palabra se dijeron, no las había. Ahora tocaba sentir, solo sentir. Y sentirse.
 

Dudu & Labiosgloss

04/07/2008 18:55 Autor: Key. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

MI PRIMERA VEZ

...Toda la vida he llevado un diario... ahora lo retomo en forma de blog para aquellas personas que quieran participar de un pedacito de mi vida...¿Vienes?

Aquí encontrarás pequeñas estampas de mi vida, mis gustos, mis necesidades, mis obsesiones... Os iré dejando relatos escritos por mi, y en algñun caso, a medias con amig@s. Espero que os gusten.

Labiosgloss.-

 

04/07/2008 18:42 Autor: Key. Enlace permanente. Hay 1 comentario.
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