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Reencuentro

Reencuentro

Siento tus ojos mirarme desde el otro extremo de la mesa de reuniones y sé lo que estás pensando, porque yo hago lo mismo.

Veo cómo tus ojos recorren mi rostro y bajan hasta mi escote mientras juegas distraído con el bolígrafo que sujetas en tu mando derecha.

Jugamos a no mirarnos al mirarnos, a la indiferencia fingida, al compañerismo inocente, a la excitación oculta y contenida. A que no recordamos los labios del otro, el tacto del otro, el cuerpo del otro. Tu sexo en mí, mi sexo abrazándote, tus manos quemando mi piel, mis labios saboreando la tuya.

Finjo que no me excitan las dos pequeñas cicatrices cruzadas que, sólo vistas muy de cerca, asoman junto a tu barbilla, semi ocultas bajo tu barba de dos días.  Finjo que tus manos me producen  indiferencia mientras intento no recordar cómo jugaban conmigo, cómo ansiosas buscaban rincones de mi cuerpo aún privados para ti.

Finges que desconoces el sonido de mis gemidos en pleno éxtasis, mi respiración agitada sin contención, dejándose llevar por las sensaciones, por el placer. Finges que no conoces las contracciones de mi cuerpo cuando el placer ya no da tregua, cuando la sangre arde dentro de mí, mientras clavo mis manos en tu cuerpo intentando aferrarme a esas sensaciones el máximo tiempo posible.

Recuerdo momentos que sonrojan mis mejillas. Me preocupa que el resto de los presentes lo note, que vean cómo mirarte tiñe mi rostro de rubor. No me importa que tú te percates de ello, sé que eso te excitará aun más.

Me sonríes a varios metros de distancia y casi puedo sentir el calor de tu cuerpo llegando hasta el mío. No puedo evitar dejar caer mi mano sobre la mesa y rememorar  tus caricias, ascendiendo por mi pierna, hacia mi sexo. Aprieto mis piernas y contengo la excitación. Te miro y te devuelvo la sonrisa, discreta, tímida, dejando que sólo mis ojos de hagan saber lo que en esos momentos pienso, deseo, necesito…

Cruzamos la sala al terminar y casualmente coincidimos en la puerta. Los últimos. Cada uno del resto comentando, ajenos, mientras tus pasos y los míos son más cortos, intentando poner distancia para quedarnos ligeramente rezagados.

Te cuidas de que el resto escuche el comentario de “Tenemos que probar lo del evento del viernes, trae el CD y en diez minutos lo dejamos hecho, ¿puedes?”.

Claro que puedo.

Al subir a tu centro de operaciones, me noto tan nerviosa como hace dos semanas de camino a tu casa. Intento arreglar mi pelo, estirar mi chaqueta, colocar mis pantalones, respirar hondo y relajarme. Se abren las puertas del ascensor y tengo que cruzar la oscura entrada que me llevará a ti.

No te veo en la oscuridad del pasillo. Miro a un lado y al otro pero no sé por dónde andarás. Me quedo parada, inmóvil, intentando escuchar algún sonido que delate tu presencia.

Nada. Sólo el traqueteo de las máquinas. Sólo mi respiración agitada. Sólo puedo sentir mis nervios crispados impacientes, a la espera.

A la derecha, he oído un sonido que concuerda con el tono de tu voz. Giro sobre mis pies y me dirijo hacia allí. Te veo agachado montando un foco y me resulta divertido verte arrodillado en el suelo, peleando entre cables y conectores.

Al percatarte de mi presencia, te giras. Tu rostro y tu mirada han cambiado respecto a diez minutos antes. Ahora sí es evidente que somos los tú y yo de hace unos días. Te incorporas, me saludas de nuevo, me sonríes y me desarmas. Sacudes ligeramente tu pelo para retirar las mechas que caen sobre tu cara. No te he dicho lo mucho que me gusta tu melena, pero creo que lo intuyes por lo directo de mis caricias hacia esa zona de tu cuerpo. Me encanta introducir los dedos entre tu pelo, acariciarlo desde dentro. Siempre he tenido cierta debilidad hacia los chicos con el pelo largo.

Y sin mediar palabra, te agachas ligeramente para ponerte a mi nivel y besas mis labios. Un solo beso, directo, pausado, saboreando mis labios, pero único. Creo que esperas que sea yo quien lo continúe.

Miro ligeramente hacia la puerta y me dices que esté tranquila, que cierra por dentro, que estamos solos. Bajo mi mirada pensando qué quiero que pase. No es el lugar, pero no puedo no besarte. No puedo no dejarme llevar. Y agarro el costado derecho de tu camiseta para atraerte hacia mí.

Tu perfume me embriaga. A esta distancia, mezclado ligeramente con el aroma de tu piel, resulta aún más cálido. Tus labios son suaves y están mucho más relajados,  aunque ganan intensidad cada segundo que pasa.

Has posado tu mano sobre mi mejilla y posteriormente bajado por mi cuello. Noto como todo mi cuerpo se estremece.

 Sé que no es el momento, sé que no es el lugar, sé que debemos parar y recuperar las formas. Bajo el rostro para forzar la separación y te ofrezco el CD. Lo tomas y sonriendo me dices que te debo una, que te prometa buscar un momento más adecuado, que me lo dejas a mí. Que te mueres de ganas de repetir lo del otro día.

Sabes que yo también.

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