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¿Nos vemos?

¿Nos vemos?

Me has invitado a ir a verte, y tras muchas dudas, he ido. Me temblaban las piernas mientras iba de camino, sentía el corazón en la garganta y el estómago del revés.

En la puerta, he permanecido unos minutos dentro del coche, esperando reunir valor para entrar, debatiéndome entre el “hazlo” y el “no deberías”.

“No debería”… odio esa expresión. ¿No debería por qué? ¿Por mí? ¿Por el qué dirán?

No se trata de que deba o no, se trata de que quiera hacerlo. Y quiero entrar y dejarme llevar, sin pensar, aunque eso en mí, que le suelo dar bastantes vueltas a todo, es complicado.

Tu mensaje en el móvil era simple: “Podías pasarte un rato, ven con tu amigo si quieres…”. Creo que sabes muy bien que, si me acerco, no será con nadie más. Sabes que si me ves entrar por la puerta no será una copa de compañeros, el significado será mucho más explícito: “Estoy aquí y sabes por qué”.

He colocado mi vestido al salir del coche. No lo tenía previsto, no es la ropa que suelo llevar al trabajo, no sé si te gustará…

Al entrar me he quedado parada en la puerta sin conseguir enfocar, buscándote entre la gente. Esperaba encontrarte tras la barra, sirviendo copas, pero allí sólo había un chaval bastante joven totalmente distinto a ti.

Notaba mi respiración agitada cuando he sentido tu mano sobre mi hombro, y cómo  la has bajado por mi espalda, hasta posarla sobre mi cintura.  Entonces me he girado. Eres más alto que yo, pero mis tacones de 12 centímetros me acercan un poquito más a ti. Mis ojos quedan a la altura de tu barbilla.

“Hola guapa”

Esa es mi expresión, yo sí te he llamado guapo alguna vez…  pero tú nunca te has referido así a mí en el trabajo. Me llamas por mi nombre, incluso por mi apellido cuando yo me refiero a ti con un “Don”  guasón, pero me encanta que me recibas con un piropo.

Nos hemos visto hace unas horas en la oficina, pero te has acercado y me has dado un beso en la cara. Y me he tenido que agarrar al costado de tu camiseta, para mantenerme firme. Es la primera vez que tus labios tocan mi piel. Me derrito de placer.

Acto seguido, me has tomado de la mano y me has acercado a la barra. Me preguntas qué me apetece tomar, pero no sé qué quiero… no quiero nada de beber, no tengo sed, no tengo sueño, no tengo hambre… me siento flotar y absolutamente excitada, asustada, eufórica

Te pones tras la barra y me sirves una copa “Prueba, te va a gustar”. Apoyado sobre tus codos, frente a mí, apenas 15 centímetros nos separan.

“Me alegra que hayas venido sola”, “¿Por?” “Porque sí”, y has sonreído dejando caer tu flequillo sobre tus ojos. Has acercado tu mano a mi pelo y lo has acariciado “Me encanta tu pelo, que lo lleves siempre alborotado”.

He pasado mi mano por mi nuca mientras te miraba de reojo con una media sonrisa, y me has copiado el gesto.

Pasamos un rato comentando trivialidades y noto cómo ambos nos vamos relajando. Te has sentado a mi lado junto a la barra y estamos uno frente a otro, yo con las piernas cruzadas y tú con ellas abiertas apoyadas en el reposa pies de tu taburete alto.

No has dejado de mirar mis sandalias desde que entré, y eso me encanta.  

Te han llamado desde la barra y te acercas. Te veo tararear “Sexy Bitch” y me pongo a cien.  Me encanta esa canción, me provoca un subidón instantáneo.

Apenas ha pasado media hora desde que llegué, pero estoy impaciente: por irme, por quedarme, por besarte, por huir…  Te veo coquetear pero creo que necesitas una señal por mi parte. Veo cómo me miras

Has vuelto a mi lado y has puesto tu mano sobre mi pierna. “Estás muy guapa esta noche”. Creo que si dejas ahí la mano un minuto más tendré un orgasmo sin necesidad de nada más.

“Bueno, entonces ¿qué?, ¿qué hacemos?” es lo único que acierto a decir. Me impaciento.

“Hacemos lo que tú quieras”…  y ya estás a cinco centímetro de mi rostro.

Vámonos, sólo puedo pensar en eso. Vámonos de aquí, a un lugar donde nadie nos vea.

He puesto mi mano sobre tu pecho, he frenado tu aproximación con una sola intención: mirarte a los ojos. Creo que nunca te los había visto tan de cerca, ni tan brillantes. He ladeado mi cabeza y te he dejado hundirte en mi cuello.

Me muero. Me muero. Me muero.

Has descruzado mis piernas con tus manos para colocarte entre ellas, junto a mí, aún sentada en el taburete. Me resulta tan extraña la situación… pero quiero dejarme llevar. Ahora ya no podría parar.

Me dices al oído “Me estoy poniendo  a cien”… sé a lo que te refieres. Te pido que nos vayamos.

Salimos y antes del llegar al coche ya me has dado la vuelta y acercado a ti, y me has besado.  Has colado tus manos bajo mi gabardina y casi has llegado a subir el vestido por la parte de atrás. No llevo medias, mis piernas están frías, y tus manos arden. Me encanta la sensación.

Apoyados sobre mi coche, no puedo despegar mis labios de los tuyos. Me sorprende tu excitación, me gusta. Te tenía por más tímido.

“Vamos a mi casa” me dices. Espero que vivas cerca, no sé cuánto podré aguantar.

Me guías mientras conduzco con tu mano izquierda acariciando mis piernas.  No puedo, no puedo concentrarme, no sé lo que hago, no sé si parar o seguir.

Mañana nos veremos en el trabajo, dime cómo lo vamos a hacer, cómo vamos a mantener las distancias, a disimular, a no mirarnos con otros ojos. Dime que no va a cambiar nada.

El ascensor supone un reto, te mantengo a una distancia prudente mientras disimulo buscar algo en el bolso. Abres la puerta de tu casa y apenas nos da tiempo a cerrar. Casi sin darme cuenta, el bolso y la gabardina están en el suelo.

Pero quiero ir despacio, a pesar de la excitación. No consigo encajarnos en esa situación.

Nos quedamos en el salón. Te he sentado en el sofá y me he inclinado sobre ti. Yo te quito la ropa, no te preocupes. Primero yo a ti, luego puede que te deje hacérmelo a mí…

“Déjate las sandalias”

Levanto mis brazos, te dejo que tires del vestido hacia arriba. Te has entretenido especialmente con mis piernas, acariciando muslos y gemelos, besándolos, mientras acaricio tu pelo.

“¿Recuerdas el evento de hace dos semanas, que me agarré a tu pierna mientras intentaba enchufar el reproductor? Pues desde entonces me moría de ganas de tocarlas así, me encantan”

¿¿Te encantan mis piernas?? ¿¿Mis piernas??

Me tumbas a tu lado  y terminas de quitarme la ropa interior. Tiemblo de excitación, apenas puedo respirar, no puedo evitar moverme y retozar junto a tu cuerpo, mientras te dejo hacer. Estás enroscado en mi cintura y sigues bajando. 

Mí humedad es evidente y puedo sentir cómo te gusta.

Me dejo hacer, ya me tocará. Quiero hacerte disfrutar, quiero que sigas queriendo más. 

Te centras en mí, sabes llevar los tiempos… Sabes ponerme a mil y deja menguar la excitación para empezar de nuevo. Siento tus dedos dentro de mí y tu lengua alrededor de mi sexo. Sólo puedo cerrar los ojos y dejarme llevar. Tu incipiente barba roza mi piel, me vuelve loca.

Quiero saborearte, quiero  oírte gemir, quiero que me claves los dedos en mis muslos mientras me muevo sobre ti. Quiero que me recuerdes siempre como uno de los mejores polvos de tu vida. Quiero que quieras más.

Ha sido una de las noches más excitantes de mi vida. Mañana sólo seremos dos compañeros. Puede que dentro de un tiempo, repitamos. Estaré preparada.

 

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1 comentario

Laura -

Sencillamente genial, muy erotico, me ha encantado el realismo de como describes tus emociones en esa situacion.
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