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Relato 1: Le había estado observando...

Le había estado observando toda la noche, desde que entró al local. Vestido de negro, informal, con un jersey de cuello alto que enmarcaba perfectamente su rostro, un rostro limpio, lleno de luz... y de misterio. Sus ojos oscuros, su pelo negro, ligeramente largo y ondulado... Y esa actitud despreocupada de quien no le importa demasiado lo que puedan opinar de él. No miró a su alrededor, se limitó a ocupar la mesa que le señaló el camarero y estudiar el menú con una asombrosa naturalidad... Estaba claro que no era la primera vez que iba a aquel restaurante. E increíblemente, ella, asidua a aquel lugar, nunca se había percatado de su presencia.

 Increíblemente...

 Sofía charlaba animadamente con sus compañeros de cena hasta que lo vio aparecer. Desde aquel momento no pudo  resistirse a levantar la vista de vez en cuando, buscando sus ojos, intentando descubrir algo más  de aquel extraño que, sin decir ni hacer nada especial, había captado toda su atención.

Él cenaba pausadamente, disfrutando de cada bocado, recreándose en cada sabor y cada textura. Aquello a Sofía le resultó excepcionalmente erótico. Y no pudo evita dejar que su mano se deslizara sensualmente por la copa de vino que tenía junto a su plato, y que se llevaba a los labios muy despacio, como quien lo hace deseando ser mirado y provocar el interés de quien le mira. Pero él no lo hacía, no la miraba. No miraba a ningún sitio. Estaba absorto en su mundo, pensando en quién sabe qué... o quién. Sí, eso debía ser... “tal capacidad de abstracción sólo podía provocarlo otra persona”, pensó ella.

Pasaban los minutos y Sofía cada vez atendía menos a la conversación que se había formado a su alrededor. El restaurante se había quedado vacío para ella. Sólo él... Por un momento le pareció increíblemente infantil quedarse absolutamente enganchada a la presencia de un extraño. Pero no podía evitarlo. Aquellos ojos... y aquella actitud, aparentemente tan estudiada pero tan natural al mismo tiempo...

“Sofía, vamos al baño un momento...”  y se quedó sola en la mesa. No la importó. Hacía rato que estaba sola en aquella mesa... por decisión propia.

Entonces, una mirada. Él levantó la cabeza, y sus ojos, por primera vez en toda la noche, se posaron en los de Sofía. Y no pudo evitar ruborizarse al sentirse descubierta. Pero no retiró la mirada. La mantuvo firme, pero cordial. Interesada, curiosa... sensual. Y unos segundos después, al bajar la vista, no pudo evitar que una sonrisa asomara en sus labios. Una sonrisa triunfal, de satisfacción.

A partir de ese momento, el juego cambió. Ahora ella sentía controlar la situación. Se sentía poderosa. Sabía que él se había sorprendido, había logrado provocar su curiosidad. Y el final de la cena transcurrió entre divertido y excitante. Le divertía comportarse como una colegiala coqueta, mirando de reojo al chico más guapo de la clase, y le excitaba imaginar que él también pensaba en ello. Porque aquel hombre no pudo evitar pasar el resto del tiempo pendiente de esa chica que le miraba entre tímida y descarada, entre niña y mujer...

Y después, hora de marcharse. Sofía había estado temiéndolo toda la noche. Ahí terminaba el juego, ahí se separaban sus caminos... Un hola y un adiós sin cruzar una sola palabra, hablando con gestos y miradas.

La noche era fría. Las luces se reflejaban en el asfalto mojado y la respiración dejaba su huella en el aire al pasar de la calidez del cuerpo a la desnudez del ambiente.

“Un taxi, dónde habrá un taxi ahora...”

Los demás se habían quedado a tomar algunas copas más, pero ella no podía permitírselo. El transporte público no era una opción para ella en ese momento.

“No encontrarás ninguno a estas horas...”

Y al girarse... Era él...ÉL... Y, por primera vez en toda la noche, sonreía. Sofía notó flaquear sus piernas. De repente el ambiente ya no era frío, la noche ya no era anodina y solitaria. Bueno, quizás sí solitaria, pero eso ya no le importaba. Sus mejillas, lo notaba, habían avivado su color. Sus ojos, lo sabía, habían aumentado sus pupilas. Su corazón bombeaba sangre a gran velocidad a todos los rincones de su cuerpo. Podía sentir esa inyección de vitalidad. Y casi podía sentir girar la tierra bajo sus pies.

“Sí... ¡será complicado...!”... Respiró hondo.

Silencio... Sólo silencio. Ella miraba al suelo, ahora sí se sentía intimidada, quizás un poco avergonzada. Movía su pie derecho, apoyado sólo en el suelo por su fino tacón. Con los brazos cruzados bajo el pecho, aferrada a su abrigo, y el pelo, húmedo, cayéndole sobre la cara. No podía mirarle... sabía que si lo hacía se delataría. Estaba nerviosa...

“Bueno, siempre queda la posibilidad de dar un paseo, ¿no crees?”... “No me gusta mucho pasear sola.”... “En ese caso, nos podemos hacer compañía el uno al otro... la noche está muy bonita”... Mmmm... ¿qué estaba pasando?...

“Es que mañana tengo que levantarme muy pronto... es tarde… y no creo que sea buena idea”...

“Yo creo que sí lo es... Te he visto mirarme... Soy Fernando. Tú eres...”

“Sofía, soy Sofía... no te miraba, bueno, sí... pero...”

“No pasa nada... Yo también lo hacía contigo. En cualquier caso, ha sido halagador que una desconocida repare en mi presencia...”

Por un momento a Sofía le pareció que aquel hombre era descarado e insolente, que estaba invadiendo su terreno...

“No, no... tengo que irme a casa...”... (¿ Quería realmente irse a casa?... Ummm )

“No pretendía hacerte sentir incómoda, lo siento... sólo quería conocerte”... Y se giró, caminando calle abajo... Sofía se sintió culpable. Había estado toda la cena provocando miraditas entre ambos y ahora no era capaz de asumirlo y reconocerlo. Se armó de valor...

“Ey, perdona... Fernando... perdona...he sido un poco antipática...  Pero es cierto que mañana madrugo, y es tarde... De todas formas, gracias, ¿vale?”...

“No, no vale...”...

¿Cómo? ¡Tenía que valer! Aquella respuesta la dejó descolocada, y sólo sintió cierto alivio al verle sonreír de nuevo.

“¿En serio te apetece irte a casa en lugar de pasear y charlar un rato? Si no te sientes cómoda a solas conmigo, volvamos al restaurante... Hay miles de excusas para faltar un día al trabajo”.

“Vaya”, pensó Sofía, “no esperaba ese punto canalla...”. Y comenzó entre ellos un intercambio de sonrisas y frases ingeniosas que rompieron el hielo que les mantenía a la defensiva.  Ella aceptó el paseo, y tomaron rumbo al centro.

En apenas media hora de camino, esquematizaron cada uno su pasado y esbozaron su futuro, al menos lo que esperaban de él. Y cada vez se sentían más y más cómodos. Las horas, aunque pasaban rápidamente, a Sofía ya no le importaban... a él, obviamente, no le habían preocupado en ningún momento.

“Tendré que buscar una buena excusa para no aparecer mañana por la oficina...”, dijo Sofía. En ese momento, empezó a llover débilmente.

“¡Pues me parece que como no nos demos prisa tu excusa será tan real como un buen resfriado... jajaja ...!”. Y empezaron a correr al tiempo que arreciaba la lluvia, intentando refugiarse en soportales que apenas les cubrían a ambos... Se reían, corrían, se culpaban uno al otro, bromeando, de la situación. Dos adolescentes disfrazados de adultos...

Cuando la intensidad de la lluvia menguó, Fernando propuso ir a su casa, apenas a dos manzanas de donde se encontraban... (“Nos sentará bien un café caliente y algo de ropa seca, ¿no?” ). Sofía estaba empapada, con los pies cansados de correr sobre zapatos de tacón... Aceptó. Quiso convencerse de que serían solo unos  minutos: el café, secarse un poco y deshacerse de la humedad de su cuerpo... Sí, aceptó.

El apartamento era realmente bonito. Aparentemente serio, con muebles oscuros y telas claras, las paredes ponían un punto de color en tonos rojizos, cálidos, que al fundirse con luz tenue creaban un ambiente muy acogedor.

“Te daré algunas toallas para que puedas secarte un poco... estás empapada”... Sí, lo estaba. Podía sentir el agua caer de la cabeza a los pies, deslizarse por su pelo y caer sobre su ropa...
Mientras ella pasó al baño, él se quitó el jersey. Sofía pudo ver de pasada su piel, y no pudo evitar quedarse parada junto a la puerta, mirándolo. Sonrió ligeramente... “Vaya”... pensó. Ella no se consideraba especialmente guapa, y empezó a preguntarse qué habría visto aquel hombre en ella para acercarse... Él era atractivo, no arrebatadoramente guapo, pero sí increíblemente excitante y muy sensual. Y estaban juntos, y solos, en casa de él... Mmmm... no podía seguir pensando en eso, no podía...

Sofía se miró en el inmenso espejo del baño. Estaba empapada y un poco cansada, pero aparecía increíblemente hermosa, radiante. Sus mejillas estaban sonrosadas, al igual que sus labios. Sus ojos brillaban y su boca dibujaba una sonrisa entre traviesa y relajada. Sus pechos se marcaban a través de la fina tela del vestido color violeta que llevaba puesto. Culpa del frío, la excitación del momento... culpa de... ¿él?...

Se quitó los zapatos y los dejó en el suelo. Luego, se quitó el vestido y se cubrió con una toalla granate enorme y suave, mientras secaba sus piernas, sus hombros, su pelo... Canturreaba una canción, se recreaba sintiendo la suavidad sobre su piel... Sólo un toque en la puerta le hizo volver a la realidad. Fernando le ofrecía un pijama con el que pudiera vestirse mientras su ropa se secaba un poco. Un pijama suyo que le quedaría algo grande, pero con el que se sentiría más cómoda que con una simple toalla, por grande que fuera, rodeando su cuerpo.

Al salir, Fernando ya estaba en el salón, sentado tranquilamente, curioseando una revista dominical. Ella sonrió porque imaginó el aspecto tan curioso que tendría, pero él asintió aprobando su aspecto.

“Mucho mejor, ¿no?”...le preguntó Fernando. “Seca al menos”, comentó ella... “¿Qué lees?”. “Nada... bueno... ¿sabías que la cara que se pone justo después de estornudar y la sensación que deja es muy similar a lo que se siente tras el orgasmo?”...

JAJAAJAJAJAJAJAJAJAJA... “¿Lo dices en serio?”....no podía creer lo que oía... “En serio, lo pone aquí, y es una revista muy seria... ¿no? jajaajajaja ”.

Eran las dos de la mañana, y en pijama y seca lo que menos le apetecía era regresar a casa. Pero tenía que hacerlo... “No, no tienes por qué hacerlo... mira, yo te dejo mi cama, quédate. Yo duermo en este maravilloso sofá cama que aún no he estrenado. No pasará nada, prometido.”  Mmmmm....

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué aceptaba? Él era un extraño, ¿a qué venía tanta confianza en tan poco tiempo?... Era una mujer adulta y eso no entraba dentro de lo que se podía llamar “comportamiento responsable”... Pero... ¿cómo resistirse? Lo prohibido excita los sentidos y no deja pensar con claridad... o quizás estimula la lucidez hasta tal punto que, bajo esa sensación, se liberan pasiones y se hace lo que realmente se desea...

La cama de Fernando era enorme... con sábanas blancas, de algodón, ligeras y acogedoras. Pecaminosamente cómoda... Pobre, él dormiría en ese sofá “virgen” del salón... No parecía importarle. Un anfitrión en toda regla. Aunque esa educación contrastaba con su rebeldía, su descaro y su atrevimiento. Esos ojos pícaros y esa voz educada no parecían corresponder a la misma persona...

Pese a lo cómodo de la estancia, dormir fue más complicado de lo que Sofía esperaba. Daba vueltas, miraba la hora, otra vuelta más, un minuto menos...

Sed, tenía sed. La cena había tenido la culpa. Tenía sed y para ello tendría que salir de la habitación y cruzar el pasillo, ignorando la presencia de Fernando apenas a cinco metros de distancia... Intentó aguantar. Pero no, tenía sed.
 
 
 

De modo que se incorporó y se sentó sobre el borde de la cama, reparando de nuevo sobre lo extraordinario de su geometría. Debía estar construida a medida… pensó, y preguntándose por los oscuros motivos que podían haber llevado a aquel hombre que, al menos presumiblemente, vivía solo, a adquirir un mueble tan extraordinario, se levantó.

Permaneció unos segundos en pie sobre el suelo enmoquetado de la amplia habitación de Fernando. No encendió ninguna luz, ya que su vista se había acostumbrado a la oscuridad total que reinaba a su alrededor y se dirigió lentamente a la puerta entreabierta empujándola sigilosamente. Desde allí tenía una panorámica perfecta de todo el salón. Sin duda, Fernando tenía buen gusto para la decoración. A su juicio, había conseguido armonizar aquel entorno cálido y acogedor con un estilo indudablemente minimalista. Todo un logro: un equilibrio cuidado y perfecto entre dos percepciones aparentemente contrapuestas. Unos débiles destellos de luz de luna alumbraban muy tenuemente la estancia.

Fue en aquel momento cuando, con cierto nerviosismo pueril, detuvo su mirada en el sofá. Aunque, en realidad, era eso lo que estaba deseando desde que decidió aplacar su sed, volver a verle. La última vez que lo hizo Fernando salía de su habitación.

 “Si necesitas cualquier cosa, no tienes más que decírmelo”, le había dicho.

Y por un momento le recordó a su padre cuando la acostaba por las noches, y más aún, cuando dejó la puerta entreabierta, como si lo hiciera para que ella no tuviese miedo. Desde entonces le había imaginado en aquel sofá, tal vez insomne, como ella; ¿expectante?…

Pero nada de eso… todas aquellas fabulaciones que rondaban la mente de Sofía se desvanecieron como agua sobre nieve en el mismo momento en que sintió aquel profundo escalofrío al comprobar que aquel sofá en que supuestamente dormía el hombre que había conocido apenas unas horas atrás, se hallaba completamente vacío.
 
 

“¿Fernando?” llamó… Silencio. “¿Fernando?”… Más silencio. “¿Oye?”  Nada… ni nadie. Se le apagó la sed de repente. El silencio era absoluto y al menos el salón estaba desierto. Ligeramente intranquila, caminó hasta la cocina. Allí tampoco había nadie. “¿Fernando?”, volvió a llamar, esta vez con un volumen de voz notablemente más alto… tampoco hubo respuesta. Sólo le restaba comprobar la única habitación de la casa que aún no había pisado. Sin saber exactamente por qué, se había imaginado que sería una especie de estudio o biblioteca con estanterías repletas de libros de todo tipo… Tal vez fuera ese aire de suficiencia intelectual con que Fernando adornaba algunos de sus comentarios lo que le había inducido a pensar de esa manera. Pero lo cierto es que la puerta había permanecido cerrada desde que había llegado.

Fernando sólo podía estar allí. Tal vez no había conseguido conciliar el sueño, se había encerrado allí para leer para no molestarla y se quedó dormido sobre el escritorio… fuera lo que fuera, su intranquilidad crecía por momentos. Pero también su curiosidad. Porque si Fernando no se encontraba allí dentro, Sofía era plenamente consciente de que se encontraba en el apartamento de un absoluto desconocido completamente sola.

Así que, decidida, se dirigió a la puerta y la golpeó un par de veces con los nudillos. “¿Hola?”. El eco de aquellos golpes se escuchó en el interior. Es curioso como un simple sonido puede hacer cambiar, en una milésima de segundo, cualquier apreciación equivocada de las cosas. De pronto esa habitación podía ser cualquier cosa, pero no una biblioteca repleta de libros. Esa estancia debía de estar vacía, sin duda. Eso pensaba mientras asía el pomo de la puerta y lo giraba hasta hacer tope. Pero no abrió la puerta inmediatamente sino que permaneció así unos instantes, algo avergonzada por pensarse fisgoneando en la casa de un extraño… Pero ese sentimiento duró muy poco y, muy lentamente, empujó la misma hacia dentro. Definitivamente, lo que quedó ante los ojos de Sofía no era en absoluto lo que estaba esperando.
 

Porque, para empezar, aquello no era una habitación, sino un breve pasillo. En la pared del fondo una luz muy tenue iluminaba mínimamente la escena. Sobre las paredes, y a cada lado, colgaban cuatro láminas enmarcadas, asombrosamente equidistantes entre sí, el techo y el suelo, en perfecta geometría. Pero lo más extraño es que las láminas reproducían, todas ellas, y con una sorprendente precisión, la misma obra pictórica. Un tríptico que Sofía reconoció al instante. Una pintura que, desde muy pequeña, había despertado en ella una fascinación que rozaba lo obsesivo. Era “El jardín de las delicias” de El Bosco.

Sofía conocía al dedillo la interpretación más difundida de la obra: al exterior, el tercer día del Génesis, como preludio: al interior, en la hoja a la izquierda, la creación de Eva, el suceso base de los males del mundo: en el centro, la representación de los pecados carnales: a la derecha, el castigo, el infierno.

En sus frecuentes visitas al Museo del Prado, Sofía podía contemplar el conjunto durante horas. Eso sí, era su tabla central la que acaparaba la mayor parte de su atención. Una escena con cientos de personajes, animales, frutos de tamaños desmesurados, hombres y mujeres, todos desnudos, entregándose febrilmente a todo tipo de placeres sexuales. La lujuria lo invade todo, no hay niños, sólo adultos muy pálidos con algún negro para contrastar.

Jamás lo había confesado a nadie, pero en alguna ocasión, ciertas escenas en clave orgística de la pintura habían llegado a excitarla realmente, forzándole a menudo a rememorar una fantasía recurrente…
 

En esta fantasía Sofía siempre se hallaba invariablemente boca abajo, sobre sus cuatro extremidades, hacia el extremo de una cama. Completamente desnuda a excepción de un sugerente tanga de encaje de color rojo, piernas y brazos soportando el peso de su espalda, arqueada hacia abajo, haciendo sobresalir, aún más si cabía, una de las partes más apreciadas de su esbelta anatomía: un hermoso y redondo culo.

Pero evidentemente, no estaba sola en aquella fantasía. Un hombre junto a ella, con el torso desnudo, le susurraba cosas al oído y le acariciaba el largo cabello castaño que en parte reposaba sobre su espalda, y en parte caía hacia la cama.

Poco a poco, aquel hombre hacía que Sofía se excitara de forma creciente… con un dedo acariciaba sus labios mientras ella entreabría los mismos para dejarle sentir la humedad de su lengua… luego, con ese mismo dedo húmedo, rozaba sus pezones, que se endurecían inmediatamente por el contraste de temperaturas, se recreaba en los mismos durante unos instantes y muy suavemente continuaba con la base de sus pechos, utilizando ya todos los dedos de su mano…

Entonces le decía,  “Quiero ver cómo te tocas”…

Y ella obedecía…

Primero separaba un poco más las piernas, luego humedecía tres de sus dedos introduciéndolos en su boca, para después dejar caer el peso sobre uno de sus brazos, deslizando el otro por debajo de su cuerpo, hacia su entrepierna.

No introducía sus dedos por la parte superior del tanga, sino que apartaba la tela del mismo allí donde la prenda comenzaba a estrecharse e iniciaba unas caricias superficiales, hasta que humedecía la entrada y lograba entreabrir aquellos otros labios, consiguiendo así acceso a la parte más sensible de su carne.

Después, como de costumbre, alternaba movimientos… longitudinales, introduciéndose un dedo en la vagina para luego extraerlo y recorrer con el mismo todo el camino hasta el clítoris, lubricándose con sus propios jugos… y circulares, entreabriendo los labios con los dedos índice y anular y estimulándose el clítoris con el corazón…

Sentirse observada la excitaba aún más, y ese hombre lo hacía, e incluso le murmuraba al oído con aquella voz extraordinariamente sensual que siguiera… que siguiera hasta que le temblaran las piernas.

Llegado el momento, una de sus manos comenzaba a recorrer su espalda con la palma de la mano hasta llegar a la parte superior del tanga, dejaba pasar un dedo por debajo de la delgada tira y acariciaba su culo siguiendo la línea de la tela, hasta pararse y terminar con un suave masaje circular, ascendente y descendente, que se tornaba en ligeramente violento.

Y cuando sentía que su propio jugo le derramaba ya entre los dedos… era absolutamente consciente de que, desde ese momento, era capaz de cualquier cosa.

Y aquel hombre lo sabía.

Por eso, acto seguido, y sin mediar palabra, se desprendía de los pantalones, se colocaba de rodillas muy cerca del rostro de ella, insertaba una de sus manos en sus Calvin ajustados, extraía un pene tremendamente erecto, y lo situaba a medio centímetro de la boca de Sofía. Ella sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Echaba el peso ligeramente hacia delante para recorrer esa distancia mínima que separaba sus labios del glande, e introducía el pene en su boca, cerrando los labios alrededor del mismo, jugueteando con su lengua, mientras él se deslizaba dentro de ella con suaves movimientos rítmicos.

Pero a partir de este momento, el curso normal de acontecimientos daba un giro decididamente brusco cuando ese misterioso hombre, que continuaba jugueteando con su aparato dentro de la boca de Sofía, realizaba una señal con los dedos, un simple chasquido, hacia una esquina de la habitación.

Inmediatamente, la puerta de la misma se abría y aparecía un segundo hombre, éste embutido en un traje gris plateado de diseño, corbata y camisa. Sin más preámbulos se situaba detrás de Sofía, abría la bragueta de sus pantalones y extraía de ella su verga que, a la vista de de la proximidad del culo desnudo y dispuesto de Sofía, se tornaba inminentemente rígida. Entonces, la situaba en la entrada de su vagina, realizando pequeños movimientos circulares, lubricando su glande y abriendo los labios poco a poco y hasta que encontraba vía libre. Instantes después, Sofía podía sentir como aquel pene desconocido la penetraba con facilidad una y otra vez hasta las mismísimas entrañas y como ella contraía los músculos a intervalos, rodeando fuertemente aquella verga con las paredes de su húmeda vagina. Y sentía como aquel placer que iba en aumento, al mismo tiempo que seguía acariciando su clítoris y succionaba el tremendo falo del primer hombre.

Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm…

Sofía se sentía absolutamente colmada…

Hasta que ese segundo hombre retiraba su pene y lo colocaba en la entrada de su ano. Sofía siempre se estremecía en aquellos momentos porque sabía que iba a sentir dolor… aunque fuese solo al principio y fuese breve.

Pero sorprendentemente, no sintió dolor alguno. Aquel hombre empujaba lentamente ayudándose de una mano, y ella sentía como se abría para él, como su verga penetraba cada vez más en aquel orificio minúsculo. Y le encantaba. Y él comenzaba unas lentas embestidas. Y ella, que continuaba tocándose, se encontraba cada vez más excitada, más descontrolada, más exquisitamente sucia… dos hombres dentro de ella… y luego, lo inevitable…
 

Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm….
 

No tardaba en alcanzar ese punto máximo de excitación que aceleraba sus latidos, terminaba en espasmos por todo el cuerpo y, en fin, la volvía completamente loca y vulnerable. El placer máximo. La felicidad absoluta. Metafísicamente hablando, el sentido de la vida.

Claro que la cosa no acababa allí, porque a una nueva señal del primer hombre, que parecía dirigir el festín cuyo centro neurálgico era el cuerpo de Sofía, el segundo se batía en retirada y entraba en escena un tercero, prácticamente idéntico al primero, alto, fuerte, vistiendo aquel mismo traje a modo de uniforme… y cada uno de ellos repetía la misma operación… quién sabe cuantas veces.

Sofía siempre perdía la cuenta tanto de los hombres que la penetraban, como de los orgasmos que se sucedían, uno tras otro… Sin embargo, ninguno de aquellos hombres eyaculaba, como si su presencia se justificara sólo para proporcionarle placer…

Ello era así hasta que el primero de ellos volvía a cobrar protagonismo y era él quien se situaba detrás de Sofía y volvía a penetrar su vagina violenta y profundamente, entrando y saliendo de su cuerpo cada vez más rápido, cada vez de forma más salvaje… hasta que al fin él gemía gravemente y ella podía sentir como aquel líquido caliente se derramaba y la inundaba, a cada embestida final, muy adentro… y como luego, al extraer el hombre su verga, éste chorreaba hacia fuera, manchando las sábanas de la cama.

Y entonces el hombre desaparecía… y Sofía podía al fin descansar todo su cuerpo sobre la cama. Agotada, absolutamente exhausta… parecía dolerle cada músculo de su anatomía… pero especialmente las piernas, que ya le flaqueaban, y los brazos, de aguantar durante tanto tiempo el peso de su propia espalda… y por supuesto, sus partes más íntimas, que imaginaba fuertemente enrojecidas… y permanecía ahí, inmóvil, hasta conciliar el sueño.
 
 
 
 

De todo aquello era capaz “El jardín de las delicias”, pensó Sofía, ligeramente turbada – y excitada - por aquéllos pensamientos obscenos… pero en aquel pasillo no solo había cuadros. De hecho, el elemento más inquietante se situaba no en sus paredes sino en el extremo opuesto … se trataba, ni más ni menos, que de una estrecha y empinada escalera de caracol que ascendía y se perdía en una amplia cavidad construida en el techo del pasillo... Sofía vaciló unos instantes, indecisa. Y ahora, ¿qué debía hacer?
 
 
 

 Curiosa por naturaleza, Sofía no pudo resistir la tentación y caminó lentamente hacia la base de aquellas escaleras. Alzó la vista y descubrió un ligero destello de luz escapando por las juntas de la puerta que coronaba el último escalón. Respiró hondo, giró su cabeza y observó el pasillo que dejaba a su espalda. Había “profanado” una zona del apartamento de Fernando que él no le había mostrado ni comentado. Aquello debía significar algo, algo como que a él probablemente no le iba a gustar saber que ella había merodeado por allí.

 De pronto, cuando, arrepentida, se dirigía sobre sus propios pasos a la zona conocida de la casa, se percató de un sonido vibrante y profundo que provenía de la parte superior de la escalera.  Notas graves y sostenidas, lentas, profundamente tristes... o sensualmente eróticas. Y el estado en que se encontraba tras haber rememorado su fantasía ante aquel cuadro la situaba irremediablemente en el segundo sentir.

Dudó. Quería subir, abrir esa puerta, descubrir el misterio. Pero no podía. Sentía estar traicionando la confianza de Fernando al inmiscuirse en su intimidad. No, no podía hacerlo, pero tampoco podía quedarse con la duda de qué habría allí arriba. Al fin y al cabo, si tan prohibida fuera la estancia, ¿acaso no estaría fielmente cerrada, de modo que nadie, salvo su dueño, pudiera acceder a ella? Aquel razonamiento terminó por convencerla y se dispuso a subir aquellos escalones, curvados, estrechos y altos, en dirección a aquella misteriosa puerta.

Era música. Aquel sonido era música. Notas de piano resonando en un recinto pequeño y cerrado. Notas cálidas...

Empujó muy suavemente la puerta, que se abrió sin problemas al contacto de la mano izquierda de Sofía. Cada centímetro la revelaba una visión más nítida de aquella habitación. Paredes claras, iluminadas por luz natural (velas, una chimenea...). En la pared derecha, un enorme mural, un fresco que mostraba el rostro de una mujer, bella e inquietante. Un busto desnudo que colocaba su mano derecha sobre su cuello y escote, reposando, como acariciándose a sí misma. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda y hacia el suelo, los ojos cerrados y el cabello cayendo sin orden sobre sus hombros.

Sofía terminó de abrir la puerta. Al fondo de la estancia, el piano. Sobre él, dos velas medio consumidas iluminaban todo el recinto. Y frente al piano, Fernando, con el torso descubierto y descalzo, tocando pausadamente. Sonidos asilados, notas sin continuidad, simplemente disfrutando del tono de cada una de ellas resonando en la tranquilidad de la noche.

Una enorme alfombra recibió los pies desnudos de Sofía. Era suave a acogedora. Cálida. Muy sensual.

“Te he despertado, ¿no?”, dijo Fernando, girándose hacia Sofía.

“No, no... tenía sed...perdona por haber curioseado sin permiso...”.

“No te preocupes... Yo tampoco podía dormir... Esta habitación la descubrí reformando el apartamento. Es una pequeña buhardilla que no tenía ningún uso más que almacenar viejos muebles... Así que decidí reformarlo y supe enseguida que se convertiría en mi rincón preferido”.

“Es muy bonito...”. Sofía se detuvo frente al piano y acarició la superficie oscura y satinada.  “Nunca hubiera imaginado que tocabas...”

“No, no lo hago. No entiendo nada de música, pero me relaja subir aquí y sentir cada sonido... se pueden apreciar diferentes sentimientos y estados de ánimo dependiendo de cada tecla que toques... ¿lo has probado alguna vez?”...

“Nunca...”

“Ven, acércate… siéntate aquí...”

Se levantó y  cedió su lugar a Sofía. Ella se sentó despacio y dejó sus manos reposando sobre su regazo, a la espera de que Fernando le diera más instrucciones.  Pero en lugar de hacerlo de viva voz, él , situado a su espalda, se agachó y acercó a ella, poniendo su cara entre el hombro derecho y el rostro de Sofía, casi susurrándole al oído, mientras sus manos levantaban las de ella y las posaba con suma delicadeza sobre el teclado.

Sofía no pudo sino cerrar sus ojos y sentir la cercanía de aquel hombre, su respiración, la calidez de su piel (desnuda) junto a ella. Apretó ligeramente sus labios mientras, por un instante, notaba que su cuerpo se aflojaba. Se sentía flotar, y cada sensación era más intensa, cada sonido más profundo, cada roce más y más placentero. Recordó el momento anterior, en el pasillo. Un hombre tras ella, solos... Aquello era una fantasía. Lo de ahora era real... Notó como cada vez estaba más excitada, sobre todo al sentir el pecho de Fernando sobre su espalda cuando él se aproximaba, rozando sus hombros y sus brazos.

Y, sin darse cuenta, un leve gemido, casi un ronroneo, exteriorizó lo que su cuerpo sentía en esos momentos. Giró la cabeza, miró hacia atrás... Fernando se mantenía pegado a ella, al tiempo que apoyaba su mano en la de Sofía, aún sobre el piano, y ascendía lentamente por su brazo, levantando ligeramente la tela que lo cubría, para seguir por encima de ella hasta llegar a su hombro, apartarle el cabello que cubría su cuello e inclinar sus labios sobre él.

Aquella zona era increíblemente sensible en ella. Podía experimentar el más profundo de los placeres sólo al sentir el aliento de un hombre sobre él.... y no digamos si eran sus labios los que lo marcaban, ejerciendo una ligera presión al principio para ir ganando intensidad a medida que el ambiente se caldeaba un poco más.

Fernando posó su mano sobre el escote de Sofía y fue ascendiendo hacia su barbilla, girándole la cabeza hacia la derecha a fin de contemplar su rostro y aproximar sus labios a los de ella. Todo muy suave, disfrutando de cada segundo. El erotismo que desprendían ambos en ese momento merecía disfrutarlo con tiempo...

Necesitaba sentir sus labios... la espera la estaba volviendo loca. Estaba totalmente a su merced, él lo sabía, y seguía retrasando el momento. “Vamos, vamos, vamos...”. Pero Fernando se recreaba en su cuello, en su mandíbula, en sus mejillas y sus pómulos... Sofía se separó un poco y lo miró a los ojos... “Bésame... ya”. Él, lejos de obedecer, la tomó de la mano y la puso en pié. Se colocó frente a ella, rodeando su cintura con el brazo izquierdo y acariciando su rostro con la mano derecha, bajándola después por su cuello y su escote, hasta su pecho... Desabrochó dos botones de la camisa que la cubría y se inclinó a su pecho, besándolo y lamiendo las curvas sensuales e increíblemente excitadas de Sofía.

Pero ella ya no podía más... necesitaba sentir sus labios, probar su sabor... fundir su boca con la suya... Así que le tomó de la mejilla y levantó su cara. Sofía, anteriormente indefensa, casi asustada, había transformado su mirada dulce en una mirada de arrebatadora pasión y lujuria. Le miraba casi desafiante, y le susurró al oído... “Déjame a mí”...

Con su mano cerró los ojos de Fernando, pidiéndole que los mantuviera así, y poco a poco acercó sus labios a los de él, pasando primero el dedo pulgar por ellos, avisando sobre sus intenciones, estímulo al que Fernando respondió entreabriendo su boca ligeramente. Sofía lo besó despacio, abriéndose camino con su lengua, al tiempo que él acercaba su cuerpo al de ella un poco más... Podía sentir su creciente excitación cuando Fernando dejó caer las manos de la cintura al trasero de Sofía, apretando su cuerpo al suyo... Mientras, el beso ganaba intensidad, con sus lenguas jugando ansiosas, casi devorándose para dejar salir el deseo acumulado durante toda la noche. Y se mordían firmemente los labios, pasaban su lengua por los del otro, intercambiaban respiraciones entrecortadas...

Sofía bajó por el cuello de él, besando cada rincón, hasta su pecho. Se recreó en sus pezones, excitados, y besó su abdomen, mientras acariciaba con sus manos los costados de su cuerpo. Fernando sólo pudo cerrar los ojos, echando su cabeza hacia atrás, centrándose en todas aquellas sensaciones, acariciando el pelo de ella. Y Sofía seguía bajando hacia el bulto que delataba la enorme excitación de él, que esperaba ansioso que ella hiciera lo que, sin duda, iba a hacer...

Bajó el pantalón y liberó su pene, que se mostraba enhiesto y firme. Levantando la mirada, observó la expresión de placer del rostro de Fernando. Y Sofía acercó sus labios, lamiendo primero el glande, para después introducirla del todo en su boca, apretando suavemente sus labios a fin de que él pudiera sentirlo con mayor intensidad. Y comenzó a chupar, rítmicamente, ayudándose por sus manos, que con movimientos rotatorios le provocaban un inmenso placer.  Sofía no se limitó al pene, y comenzó a acariciar los testículos, que más tarde lamió y succionó poco a poco, prestando atención a los gemidos de Fernando, que sin duda le darían una valiosa información sobre si lo que ella hacía le gustaba o no... Y todo parecía ir muy bien.

Sofía se incorporó despacio, sin separar su cuerpo del suyo, dejándole sentir sus pechos... Ya no parecía tan comedido, y, sin duda, ahora quien no podría resistir un parón  sería él, que, deseoso, despojó a Sofía de la ropa que la cubría, recreándose en sus curvas... Y la tendió en la alfombra, levantándole los brazos por encima de su cabeza, besándole la boca mientras ella movía sus caderas, pegadas a él, retozando como un animal en celo...

Fernando besó su cuerpo, desde la frente, pasando por sus ojos, y sus labios, bajando a su cuello y notando como a Sofía se le erizaba la piel...Había encontrado, sin duda, el rincón más erótico y sensible de aquella mujer... Pero apenas unos minutos allí y siguió su camino, disfrutando de la turgencia de  unos senos duros, excitados, dulces…calientes... y de la magia de su vientre, que latía a cada caricia que él le brindaba.

 “Sí, baja, baja...”... Sofía lo deseaba. Y él lo deseaba aún más... Abrió sus piernas un poco más, y se acomodó entre ellas. Descubrió un sexo húmedo, totalmente depilado, suave, que le decía sin palabras que esperaba sus labios en él... y dentro de él... Y Fernando aceptó esa invitación. Aquella dulzura, aquel sabor... era lo más erótico que había probado. No podía dejar de mirarlo, y al  mismo tiempo deseaba lamerlo. Y lo hizo, pasando su lengua primero por las ingles, notando cómo los muslos de Sofía temblaban, para posteriormente  deslizar su mano desde su ombligo hasta el interior de aquel coño, que le pedía más placer... E introdujo su lengua lentamente... lo que provocó en ella un gemido tan profundo que Fernando no pudo sino seguir, aún más excitado, aún con más fuerza, jugando con los labios y el clítoris... Quería que ella gimiera así siempre. Quería verla romperse de placer, verla desfallecer, y que le pidiera más, que le pidiera que no parara nunca... De hecho, ella lo hacía, sin palabras, pero lo hacía, guiando la cabeza de Fernando con una mano... retorciendo sus caderas para sentirle más dentro...

Sintió cómo el cuerpo de Sofía temblaba, como su sexo empezaba a contraerse, y sabía que esas contracciones desembocarían en un orgasmo tan potente que él quería sentirlo en su boca, quería sentir cómo Sofía se derramaba en sus labios, y recordar ese sabor siempre...
 
 

Y Sofía perdió el sentido, la compostura... perdió el rumbo, y no le importó. Sólo quería sentir lo que aquel hombre le había provocado. Gimió, gritó, pronunció su nombre mientras su cuerpo aumentaba de temperatura, mientras una increíble sensación de placer recorría su piel, sus músculos... sus sentidos... Y cuando aquella oleada hubo menguado, acercó a Fernando a sus labios, quería degustar su propio sabor de los labios de él... Y se besaron profundamente...

Pero ella sabía que el mayor placer que se puede experimentar es el de ver a la otra persona disfrutar contigo, y ahora le tocaba a él... Seguía increíblemente excitado, y ya no le quedaban lugares en el cuerpo por besarla, ni zonas sin acariciar... Sofía se incorporó y lo tendió en el suelo, boca arriba... Era el momento se sentirlo dentro... Y se colocó sobre él, sentada a horcajadas, inclinada sobre Fernando apoyando sus brazos a ambos lados de él, de modo que sus cuerpos quedaban separados pero con un ligero contacto, muy sensual, a cada movimiento que ella realizaba... Y acercó su sexo al de él, sintiendo su potencia, su dureza. Y lo acarició moviendo sus caderas, dejando que poco a poco se fueran acoplando el uno al otro. Hasta que Fernando, casi sin respiración, le suplicó que lo montara, que fuera ella quien lo hiciera. Y Sofía, incorporándose, colocando su cuerpo erguido, tan sólo unidos por aquella pequeña zona, levantó ligeramente sus caderas, permitiéndole entrar del todo en ella. Y sintió cómo aquella verga, dura, húmeda, entraba casi milímetro a milímetro, dilatando aún más su vagina... A Sofía le encantaba esa sensación, sentirse llena. Permanecían quietos ambos. Sólo ella comenzó a mover sus músculos internos, presionando rítmicamente el pene de Fernando,  al tiempo que él la acariciaba los muslos y la miraba a los ojos.

Poco a poco el ritmo comenzó a avivarse. Ella movía sus caderas en círculos alternándolo con entradas y salidas casi totales, lo que provocaba a Fernando un enorme placer al sentir más de una vez la entrada de su glande en el cuerpo de Sofía. Se ajustaban sin problemas el uno al ritmo del otro, se comunicaban sólo con jadeos y gemidos. Y cuando Fernando estaba a punto de explotar, ella lo frenó. Paró en seco justo en el momento en que él pensaba que ya no había marcha atrás. Pero ella supo contenerlo, alargarlo... Se apartó de él y se sentó de nuevo en la banqueta del piano.

“Quiero ver cómo te masturbas para mí...”

Fernando no hubiera esperado nunca esa reacción en Sofía, y le excitó mucho pensar que, detrás de aquella chica, tan respetable, tan normal... había una mujer lujuriosa que siempre estaría dispuesta a compartir placer con él...

¡Y aquella mirada!... con una media sonrisa falsamente inocente mientras mordía  suave sus labios, con las piernas cruzadas, esperando a que él comenzara y cumpliera sus ordenes y deseos...

Fernando lo hizo, no podía negarse... Y lo hizo mirándola directamente, notando cómo se sonrojaba ligeramente mientras él la desafiaba, como quien dice: “Esto es lo que quieres, ¿eh?”... Marcó un ritmo suave para no propiciar un final temprano, concentrándose, más que en la masturbación, en la excitación creciente de ella...

Y Sofía, ansiosa, se puso en pié, de espaldas a él, e inclinó su cuerpo, apoyando sus brazos en la banqueta... Él lo entendería... Lo entendería porque lo deseaba tanto como ella.

 Fernando se acercó y pasó su mano por toda su espalda, bajando desde la nuca (ese cuello... Mmmmm) por la columna, hasta su culo, que se mostraba dispuesto a todo lo que él quisiera.  Sofía sólo le hizo una indicación... “Hazlo suave... es mi primera vez”...
 
 

Fernando sonrió, pero no dijo nada y Sofía volvió la cabeza sin olvidar que, en breve, iba a experimentar algo nuevo, y una parte de aquella fantasía recurrente que acababa de recordar poco tiempo atrás.

Entonces, sintió como la mano de Fernando se posaba justo en el centro de su culo y como éste introdujo suavemente el dedo pulgar de esa misma mano en su vagina para después entrar y salir, resbalando, jugueteando entre los labios y así, hacia el clítoris y luego otra vez de vuelta. Mientras, con la otra mano, masajeaba sus glúteos, los abría, volvía a cerrarlo.

Todo aquello hizo que Sofía se humedeciera aún más y abrió separó algo más las piernas, facilitando el acceso a Fernando. Pero, de repente, en una de estas idas y venidas, Fernando extrajo ese dedo empapado, lubricado con los propios jugos de Sofía, y lo colocó en la entrada de aquel agujero que sentía tan pequeño, casi infranqueable. Así, Fernando pudo comenzar ejerciendo una ligera presión sobre el mismo, al tiempo que realizaba un casi inapreciable movimiento circular. Pero además, al momento, Sofía también sintió como otro dedo volvía a penetrarle la vagina.
 

“Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm. Así, no pares”. Le dijo Sofía. “Me encanta. Así. Despacio”.
 

Poco a poco, Sofía se percató de como, más relajada, aquel dedo de Fernando se iba abriendo camino, sintiéndolo cada vez más adentro, notando como su culo se abría para él. Estaba siendo doblemente penetrada y la sensación era extraordinaria. A veces, él extraía su dedo y volvía a lubricarlo con su propia saliva, volviendo a introducirlo, llegando cada vez más adentro.

Poco después, le susurró al oído…

“Quiero que te abras más… seguro que puedes… ayúdate con las manos”… y, adelántandose, prendió ambas manos de Sofía y se las colocó sobre su propio culo…

“Así… ábrete”… Y Sofía accedió

De modo que Fernando se reincorporó. Su pene seguía completamente duro, erecto, casi amenazador, aún más a la vista de la aparente vulnerabilidad de la mujer que posaba para él, lo aferró, rodeándolo con dos dedos por su extremo inferior.

Sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Mientras que con el pulgar de la otra mano seguía estimulando la entrada del culo de Sofía, colocó su falo en la puerta de su vagina y empujó, deslizándose suave y sin dificultad, hasta que su órgano desapareció, entero, dentro de ella. Aquel coño estaba tan húmedo que cuando Fernando sacó su polla, ésta brillaba y el líquido se derramaba entre los pliegues de Sofía…

Fue entonces cuando, Fernando extrajo su dedo de dentro de Sofía y posó su lubricado pene sobre el agujero virgen.

A Sofía le temblaron las piernas al percatarse de que aquello que sentía en aquel lugar ya no era el dedo de Fernando, sino algo más caliente y de un volumen sensiblemente superior… sin embargo, no se puso nerviosa. Hasta ahora él había demostrado que sabía lo que hacía... y cómo… así que se relajó a medida que, con ambas manos, obedecía las instrucciones de Fernando con fuerza, para que él pudiese penetrar cada vez más dentro de ella. Por ello, Fernando ejerció cada vez más presión y vio como, centímetro a centímetro, su polla, necesariamente rígida, iba penetrando en aquel culo virgen, cuyas paredes se cerraban sobre su verga, proporcionándole un placer indescriptible a medida que entraba, retrocedía un poquito y volvía a empujar. Sofía sentía, casi indefensa, como Fernando desvirgaba su ano… y le gustaba. No había sentido apenas dolor y sí un enorme placer, y aún más al comprobar que tenía toda la longitud del falo de Fernando dentro de ella.
 

Entonces Fernando sustiyó las manos de Sofía por las suyas propias, realizando el mismo trabajo, y comenzó a bombear lentamente… no sin antes pedirle a Sofía que se masturbase al mismo tiempo… y ella lo hizo, como en su fantasía…

 Y gozó, y disfrutó de aquella situación extraordinaria… y se imaginó, como si fuera una tercera persona, a sí misma, siendo penetrada de aquel modo mientras se acariciaba de forma cada vez más acelerada… y no pudo evitarlo…

Y sus grititos entrecortados, de leve dolor, de inmenso placer, terminaron en un vigoroso y sonoro orgasmo que hizo que se le erizaran todos los poros de su piel…

Fernando se dio cuenta, y unos segundos después, ya no pudo aguantar más, se sentía explotar… estaba a punto… y en un movimiento reflejo extrajo su verga del culo Sofía al tiempo que expulsaba, entre espasmos, abundantes borbotones del líquido blanco y espeso que resbaló por el trasero de Sofía hacia su espalda y hacia su ano. Ella lo sintió, caliente sobre su piel… estremeciéndose aún más, sintiendo, como de costumbre, el placer de ver disfrutar a la persona a la que se había entregado aquella noche.
 

Cuando él hubo terminado, ella, sin decir nada, se desplomó, agotada, sobre la suave moqueta del suelo y cerró los ojos…y casi de forma inmediata, o al menos, eso le pareció a Sofía, Fernando la acompañó silenciosamente, abrazándola, cubriéndola, como para protegerla del frío.

 La besó tierna y cuidadosamente, sobre los párpados, en la mejilla, en la frente, en los labios, en la barbilla, y luego permaneció así, quieto, mudo. Ni una palabra se dijeron, no las había. Ahora tocaba sentir, solo sentir. Y sentirse.
 

Dudu & Labiosgloss

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